En Mateo 7:1-5, Jesús nos dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”. Pero ¿qué significa realmente esta enseñanza? ¿Acaso Cristo prohíbe toda corrección o discernimiento? En esta meditación consideramos dos razones fundamentales por las que no debemos asumir una actitud crítica, severa y condenatoria hacia los demás. Primero, porque nosotros mismos seremos juzgados; y segundo, porque la medida que utilizamos para juzgar a otros será también aplicada a nosotros. La enseñanza de Jesús nos lleva a mirar primero nuestro propio corazón. Antes de señalar las faltas de los demás, debemos reconocer y corregir las nuestras. El creyente no está llamado a actuar como juez ni como hipócrita, sino como hermano: con humildad, misericordia y un verdadero deseo de ayudar.
El evangelio no es solo para que los incrédulos puedan llegar a Cristo, sino que es para toda la vida, llevándonos a obedecer y caminar en santidad, en dependencia del Espíritu Santo. Necesitamos, entonces, definir claramente el evangelio, si queremos entender su centralidad e impacto en nuestra vida. La proclamación nos ayudará a conocer mejor este evangelio que amamos y predicamos, y cómo se aplica en nuestra vida diaria.
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