Una iglesia orgullosa, pero tibia
Texto: Apocalipsis 3: 14-22
Introducción
Quisiera preguntar ¿Hay algo que sea motivo de orgullo personal a nosotros? Si lo tenemos, tengamos cuidado que nuestro orgullo no se convierta en una jactancia perniciosa que nos puede poner en riesgo. Cuando nos enorgullecemos de algo, tengamos cuidado, porque Dios puede estar a punto de humillarnos para que recordemos que no dependemos de nosotros mismos, sino que debemos sabernos dependientes de Dios. Recordemos las palabras de Santiago 4:6, “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. Eso es exactamente lo que sucedió en un lugar llamado Laodicea.
Hoy concluimos estos temas con un mensaje a una iglesia que se había olvidado de la humildad: la iglesia de Laodicea.
Este es el mensaje final de la serie sobre las siete iglesias de Apocalipsis 2-3.
De estas siete iglesias, ninguna recibe una condena más mordaz que Laodicea.
Laodicea estaba ubicada a 145 kilómetros al este de Éfeso y a un poco más de 70 kilómetros al sur de Filadelfia. Era una ciudad próspera conocida por los manantiales minerales ubicados a unos cuantos kilómetros de ahí.

Usando un sistema de acueductos, los líderes de esa ciudad canalizaron agua, que cuando salía del suelo estaba bastante caliente y burbujeante, pero al llegar a Laodicea ya estaba tibia.
Exteriormente, la iglesia en Laodicea parecía ser fuerte y próspera. Claramente, las personas que se reunían a adorar a Dios allí se consideraban felices y bendecidas. Vivían en un pueblo que otros envidiaban. Parece que esta iglesia atrajo a algunos de sus miembros de las familias ricas de Laodicea.
A diferencia de Esmirna, parece que no hubo persecución y, a diferencia de Pérgamo, no hubo doctrina falsa. No encontramos nada que corresponda a la grosera inmoralidad de Jezabel y sus legiones corruptas como en Tiatira.
Laodicea era un lugar cómodo para vivir y un lugar cómodo para ir a la iglesia.
Esa combinación hizo que Jesús, por decirlo así, se enfermara del estómago.
Echemos un vistazo al mensaje de Cristo a una iglesia llena de «cristianos moderados» que se habían conformado con “un poco” de Dios.
I. Su identidad
A. Su Palabra es verdadera
“Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero…” (primera parte del v. 14)
«Amén» suele ser la última palabra de una oración. Pero significa mucho más que «ya terminé», “ya podemos empezar a comer”. «Amén» es una señal de acuerdo. Una afirmación de lo que se dice es verdad.
Aquí Jesús se llama a sí mismo el «Amén». Hay un pastor que explica lo que esto significa, de la siguiente manera:
“Jesucristo es de hecho la última palabra. La última palabra en la historia humana. La última palabra en tu vida personal y la mía. Jesús es la última palabra. No el cáncer. No el divorcio. No la quiebra. No la muerte. No el infierno. Jesús y solo Jesús, es la última palabra en tu vida y la mía, y él tendrá la última palabra en tu vida y en la mía.”
Jesús es el Amén final a todo lo que Dios ha dicho. Debido a que él es el «testigo fiel y verdadero», podemos confiar en él por completo.
Lo que dice es verdad. Todo lo que dice es verdad. Es verdad todo el tiempo.
Para la iglesia en Laodicea significa que cuando Cristo emite su mordaz denuncia, no pueden escapar diciendo: «Esa es solo su opinión». No, esa es la palabra del Hijo de Dios que es fiel y verdadero en todo lo que dice.
Mis palabras no tienen ese peso porque no puedo decir que digo la verdad infalible. Pero cuando Jesús habla, la iglesia debe escuchar porque solo habla la verdad.
B. Su Palabra tiene autoridad
La segunda parte del verso 14 dice: “…el principio de la creación de Dios, dice esto:»
Esta frase significa que toda la creación proviene de su mano. Estuvo allí al principio, y antes de que hubiera un comienzo, siempre estuvo allí. Todo el universo debe su existencia a su poderoso poder. Él es soberano sobre cada pájaro que vuela, cada pez que nada, cada flor que florece y cada conejo que salta por el bosque. No solo es soberano, sino que es el pegamento del universo. Si dejara de mantenerlo unido, el universo mismo volaría en pedazos.
¿Nos gusta respirar? Espero que sí.
Respiramos porque Jesús te nos da vida y aliento.
Todo se lo debemos a él.
Cuando habla, su palabra es verdadera y absolutamente autoritaria.
II Su acusación
A. Eres indiferente
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !!Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (vv. 15-16).
El texto comienza diciendo “Conozco tus obras, no eres frio ni caliente. Ojalá fueras frio o caliente”. Este término obras también se encuentra en las otras cartas (2:2,19; 3:1,8). Aquí significa exactamente lo mismo que en la carta a la iglesia en Sardis (v.1): obras incompletas que ni vale la pena mencionar. Nuestro Señor Jesucristo conocía las obras tanto de Sardis como de Laodicea y para estas dos iglesias tuvo palabras de reproche. Ya no estaban activas y vivas: los pocos fieles en Sardis eran como brasas resplandecientes en medio de cenizas; los de Laodicea eran como su abastecimiento de agua, ni frías ni calientes.
Si los laodiceos no hubieran escuchado nunca el evangelio, habrían sido fríos en un sentido espiritual. Supongamos que la primera generación de cristianos en Laodice acepto el evangelio y brilló con fuego espiritual y de entusiasmo. Pero sus descendientes eran tibios. No tenían interés en ser testigos de Jesucristo, en vivir una vida de servicio para el Señor, o en predicar y enseñar su evangelio para que avanzaran su iglesia y el reino. Aunque tenían las Escrituras, eran apáticos, indiferentes y despreocupados en cuanto a las cosas del Señor. No sorprende que Jesús dijera, “conozco tus obras”, con la implicación de que no había ninguna.
“Pero por cuanto eres tibio, ni frio ni caliente, te vomitaré de mi boca” las fuentes termales a unos diez kilómetros cerca de Hierápolis enviaban agua de calidad medicinal a Laodicea. Pero cuando el agua llegaba a su destino, se habia enfriado bastante, y debido al carbonato de calcio que contenía, producía un efecto asqueroso en quienes la bebían. Por el contrario, Colosas, a dieciocho Kilómetros de distancia, disfrutaba de manantiales de agua refrescante, fría y pura.
Cristo no tiene ningún interés en un cristianismo tibio, porque no vale nada para Él. Prefiere trabajar con personas que o arden de energía para hacer lo que les corresponde o que nunca han oído hablar del mensaje de salvación y están dispuestas a escuchar.
El agua tibia con carbonato de calcio hace vomitar. De igual modo, los cristianos nominales, vacíos de obras espirituales, son totalmente desagradables para el Señor, y está a punto de vomitarlos de su boca. Notemos que Jesús no dice, “Te vomitaré de mi boca”, sino más bien “estoy a punto de vomitarte de mi boca”. He aquí la gracia del Señor Jesús ya que da tiempo a los laodicenses para que se arrepientan después de haber leído su carta. Esta misiva tiene como fin cambiar la actitud tibia de los receptores en deseo de trabajar por el Señor, porque la gracia siempre antecede a la condenación (ver verso 19).
La iglesia en Laodicea “no se habia vuelto indiferente por que los intereses mundanos habían enfriado su debido fervor, sino que se habia vuelto ineficaz porque, al creer que estaban bien dotados espiritualmente, sus miembros habían cerrado la puerta dejando fuera a su verdadero proveedor”. Habían excluido a Cristo (comparar con el verso 20) y pensaban que podían prescindir de él. Con ellos se habían vuelto totalmente ineficaces como iglesia. Sin Cristo la iglesia está muerta.
B. Eres arrogante
“Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.» (v. 17).
Esta es la descripción más penosa de una iglesia. Es a la única a la que no se le reconoce ninguna virtud. Y a pesar de esto, el mensaje a Laodicea incluye las palabras mas memorables para la proclamación del evangelio, que son: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamó; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). El evangelio es un llamado a arrepentirse del pecado, a dejar el camino equivocado y venir al camino de vida que solamente puede conocerse con Jesucristo. Y ante un pecador que requiere arrepentimiento, Jesucristo está a su puerta, llamándole, invitándole a cambiar de rumbo.
Y el que tiene que arrepentirse no es el bueno, y no puede arrepentirse el que cree ser bueno, sino el que se reconoce como pecador, el que reconoce su propia miseria ante Dios. Y la iglesia de Laodicea definitivamente no lo reconocía debido a una condición: su jactancia, su orgullo: “Porque dices tú: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna tengo necesidad” (Ap. 3:17).
La jactancia viene de su seguridad en las riquezas materiales, pues es una ciudad próspera y autosuficiente. Unos años antes de escribirse esta carta, en el año 60 después de Cristo, hubo un gran terremoto que destruyó varias ciudades de Asia Menor, entre ellas Laodicea. Las demás ciudades habían recurrido a la ayuda imperial para reconstruirse. Pero Laodicea no. Ella se habia levantado con sus propios recursos. Incluso habia financiado la reconstrucción de las otras ciudades. Esto le era motivo de jactancia, actitud que se habia infiltrado en la iglesia.
Seguramente entre sus miembros se contaban comerciantes y médicos, ya que hay aguas medicinales. Ahí se producía un remedio el “polvo frigio”, que es un medicamento que ayudaba en las enfermedades de los ojos. Comerciantes, médicos y funcionarios conformaban esa iglesia que se habia destacado por su poderío económico. Y al ser así de fuerte, se consideraba objeto de la bendición de Dios. Se jactaba que habia sido “bendecida” con riqueza. Aún hoy muchos ven en la riqueza económica un sinónimo de la bendición de Dios, piensan que es lo único que la mide. Pero esta iglesia rica y orgullosa no tiene ninguna virtud ante Jesucristo, es una iglesia que a Jesús le da asco por su tibieza. Esta tibieza viene por su jactancia, al creer que no necesitaba nada, al confiarse en sus generosas ofrendas. La única manera de explicar esta prosperidad es que su testimonio al mundo era débil, no vivía deferente al entorno, sino que estaba amoldada al entorno. Las vidas de esos creyentes no eran “sacrificios vivos que no se conformaran a ese siglo”, como exhorta el apóstol Pablo a los Romanos (12:1-2), por lo tanto, no se trasformaban renovando su entendimiento, no conocían la agradable y perfecta voluntad de Dios.
En este mismo Versiculo 17 en la segunda parte habla su verdadera condición es que está: “desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. La grandeza y perfección de nuestro Dios pone en evidencia nuestra pequeñez, así que nuestra jactancia es algo vano. Pero aun con esta condición miserable, Dios nos ha escogido y nos ha dado una nueva identidad. Esta nueva identidad nos llama continuamente a vivir con humildad, reconociendo que todo lo que somos lo debemos a nuestro Señor Jesucristo solamente.
III. Su invitación
¡Despierta!
“Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.” (vv. 18-19).
Laodicea era conocida como una ciudad bancaria (por lo tanto, «oro refinado en el fuego») y hermosas prendas hechas de lana (por lo tanto, «ropa blanca para usar») y colirio (por lo tanto, «colirio para poner en los ojos»). Toca los puntos de su orgullo para que vean su pobreza espiritual.
Hasta que veamos nuestra propia necesidad, nunca podremos mejorar.
Es impresionante la naturaleza personal de las palabras de Cristo. Si alguien me dijera: «Me dan ganas de vomitar», difícilmente esperaría que esa misma persona dijera: «Te amo más de lo que te imaginas». Pero cuando amas a alguien, puedes odiar lo que lo está destruyendo y amarlo aún más.
Los padres hacen esto todo el tiempo. Si ven a su hijo embarcarse en un camino de autodestrucción, no se quedarán sin hacer nada. Dirán algo, incluso si hablan muy fuerte, harán enojar a sus hijos.
Así es con nuestro Señor.
Nos ama tanto que no nos dejará seguir como estamos.
Lo que hay que hacer es despertarnos y admitir nuestra necesidad.
¡Abre!
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (v.20).
Aquí las palabras se vuelven muy personales. Es como si Jesús se alejara de la iglesia en su conjunto y se enfocara en una sola persona.
Jesús está tocando, siempre tocando.
Él espera que alguien venga a la puerta.
Encuentro un gran estímulo en este pensamiento. Aunque otros pueden ignorar a Jesús, aún puedes abrir la puerta. Es posible que tu esposo o esposa no sirvan a Jesús, pero tú puedes abrir la puerta. Tus amigos pueden estar tan enamorados del mundo que el llamado de Cristo no significa nada para ellos. Pero tú puedes abrir la puerta. Puedes ser parte de una iglesia tibia, pero aún puedes ir a la puerta y dejar entrar a Cristo.
Aunque otros pueden ignorar a Jesús, aún puedes abrir la puerta.
Él quiere entrar.
Él espera para entrar.
No solo espera para entrar, sino que quiere cenar contigo. No hay mejor imagen de la vida cristiana que esta. Podemos tener a Jesús como nuestro compañero de cena todos los días. Nunca tenemos que cenar solos. Jesús quiere compartir una comida con nosotros.
¿No es sorprendente que la peor iglesia reciba la mejor invitación?
El Señor Jesucristo, después de exponer la indiferencia de ellos, se ofrece a sí mismo.
Imaginemos: Nosotros y Jesús, hablando sobre cosas mientras comparten una comida juntos.
¡Qué oferta!
A mí me gustaría una comida así.
¿Y a ti?
En mi corazón
Luego viene la gran conclusión de esta carta:
“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (vv. 21-22).
Jesucristo asegura al que de verdad se arrepienta que será victorioso; al que deponga esta actitud autosufiente y se considere dependiente del Señor, que vencerá. La victoria es esta (versículo 21): “se sentará conmigo en el trono…” ¿Y cómo asegura esto Jesucristo? Él ha dicho al inicio, en el verso 14: “Asi dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios”. Jesucristo se muestra como el que no miente, como el que dice y es hecho, como habló y fueron creadas todas las cosas; Por eso si Él dice algo, nosotros podemos estar seguros que lo ha de cumplir. Y además dice, volviendo al versículo 21 ”…así como yo he vencido, y me he sentado en el trono de la Majestad en las alturas, y promete al que le obedezca que también se sentará con Él en el trono de gloria. Así se cumple en plenitud la promesa de 1 Pedro 5:5. “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo”.
La iglesia debe dejar la indiferencia, la apatía, la soberbia, la falta de amor y el mal testimonio, y debe abrazar el verdadero amor y la unidad, debe afianzar la verdad, debe humillarse y depender sólo de Él, debe estar consiente que existe para que otros conozcan del verdadero Dios y de su Reino. La iglesia y cada uno de nosotros, debemos mantenernos como viendo al invisible, y no tener ningún temor al seguir a Cristo y servirle.
Conclusión
Al estudiar en estos temas los mensajes de Jesucristo a sus iglesias, hemos sido invitados a examinarnos nosotros mismos. Hemos visto nuestra propia fragilidad, y la facilidad con la que podemos desviarnos. Hemos sido invitados a ser fieles testigos del evangelio, a identificar el error en la doctrina, hemos sido invitados a vivir sometidos a la dirección de Jesucristo, quien es el jefe y cabeza de su iglesia. Si vivimos así, veremos cómo nuestro Dios nos guarda del mal, nos bendice y nos usa poderosamente como instrumentos de bendición a otros, y viviremos proclamando el Evangelio de nuestro Señor. Aprendemos a andar así con Jesús y afirmemos nuestra confianza en Él cada día.
Pbro. Pedro Arcos Sánchez. 1 de marzo de 2020