EQUILIBRIO EVIDENTE
Hay señales que incluso los menos expertos podemos reconocer. Cuando las llantas de un auto están desalineadas, el volante vibra, el vehículo tiembla y todo el trayecto se vuelve incómodo. No hace falta ser mecánico para entender que algo no está bien. Unos neumáticos equilibrados permiten que el coche avance con suavidad.
De la misma manera, nuestra vida necesita equilibrio para avanzar con propósito y eficacia.
Cuando leemos las cartas de Pablo, podemos darnos cuenta de una de las cosas que más sorprenden, y es precisamente su equilibrio. Enseña doctrina con una claridad admirable, pero no se queda en la teoría. No nos entrega escritos llenos de palabras y conceptos abstractos, sino que además nos hace ver cómo la verdad del evangelio debe transformar nuestra manera de vivir. Para Pablo, creer y practicar no son dos mundos separados, sino como dos ruedas que deben girar juntas, perfectamente alineadas.
Cuando ese equilibrio se pierde, el creyente puede caer en extremos. Algunos discuten sin cesar sobre detalles teológicos, mientras que otros rechazan la doctrina por completo diciendo: “Lo único que importa es lo que funciona” (una afirmación que, irónicamente, ¡también es doctrinal!). Pablo, en cambio, nos invita a un camino más estable.
Establece un principio fundamental: nuestra vida debe corresponder al llamado que hemos recibido.
Y es importante aclararlo: Pablo no dice que vivamos de manera “digna” para ganar la salvación. Eso es imposible. Más bien, nos llama a vivir como quienes ya han sido perdonados y hechos nuevos, aunque no lo merezcamos.
La palabra “digno” proviene del griego axios, raíz de términos como “axioma”: una verdad evidente. Pablo nos invita a que nuestra vida sea así: correcta, apropiada, incluso obvia para alguien que pertenece a Dios. Los demás deberían notar la obra del Espíritu Santo en nuestra manera de hablar, reaccionar, amar y relacionarnos.
El punto es ineludible: si hemos sido llamados por Dios, nuestra conducta no puede ser arbitraria. La identidad determina la práctica. Pablo no presenta esta verdad como una sugerencia, sino como una consecuencia lógica del evangelio. La vida cristiana no se sostiene en impulsos ni en preferencias personales, sino en un estándar definido por Aquel que nos llamó. Por eso, el equilibrio no es opcional; es una responsabilidad. La doctrina que confesamos debe verse en la vida que llevamos. Así que avancemos con claridad. Vivamos de manera que nuestra fe sea evidente, nuestra conducta sea coherente y nuestro testimonio sea consistente con el llamado que hemos recibido en Cristo.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETIN BUEN ÓLEO Domingo 11 de Enero 2026.
