LA PRUEBA, LA MISERICORDIA Y LA RECONCILIACIÓN | El momento en que ya no podemos huir | Génesis 43
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Meditación bíblica sobre Génesis 43 por el A.I. Saulo Murguía A.
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
Hay momentos en la vida en los que Dios nos lleva, casi sin opción, a enfrentar aquello que hemos evitado por mucho tiempo. Situaciones que nos obligan a mirar de frente nuestra realidad, nuestras decisiones y, sobre todo, nuestra necesidad de depender de Él. La historia que meditamos hoy nos muestra precisamente eso: cómo Dios usa la necesidad, la presión y aun la angustia para llevarnos a un lugar de rendición y transformación.
CUANDO YA NO PODEMOS EVITAR LA REALIDAD
¿Alguna vez te has encontrado en una situación en la que no tuviste más remedio que enfrentar algo que habías estado evitando?
Ahí es donde se encuentran Jacob y sus hijos en Génesis 43. La tierra sufría una gran hambruna, y la familia de Jacob se vio obligada a encarar la realidad que tanto había intentado eludir.
Escuchemos el relato de Génesis 43
El hambre seguía azotando la tierra de Canaán. 2 Cuando el grano que habían traído de Egipto estaba por acabarse, Jacob dijo a sus hijos:
—Vuelvan y compren un poco más de alimento para nosotros.
3 Pero Judá dijo:
—El hombre hablaba en serio cuando nos advirtió: “No volverán a ver mi rostro a menos que su hermano venga con ustedes”. 4 Si envías a Benjamín con nosotros, descenderemos y compraremos más alimento, 5 pero si no dejas que Benjamín vaya, nosotros tampoco iremos. Recuerda que el hombre dijo: “No volverán a ver mi rostro a menos que su hermano venga con ustedes”.
6 —¿Por qué fueron ustedes tan crueles conmigo?—se lamentó Jacob[a]—. ¿Por qué le dijeron que tenían otro hermano?
7 —El hombre no dejaba de hacernos preguntas sobre nuestra familia—respondieron ellos—. Nos preguntó: “¿Su padre todavía vive? ¿Tienen ustedes otro hermano?”. Y nosotros contestamos sus preguntas. ¿Cómo íbamos a saber que nos diría: “Traigan aquí a su hermano”?
8 Judá le dijo a su padre:
—Envía al muchacho conmigo, y nos iremos ahora mismo. De no ser así, todos moriremos de hambre, y no solamente nosotros, sino tú y nuestros hijos. 9 Yo garantizo personalmente su seguridad. Puedes hacerme responsable a mí si no te lo traigo de regreso. Entonces cargaré con la culpa para siempre. 10 Si no hubiéramos perdido todo este tiempo, ya habríamos ido y vuelto dos veces.
11 Entonces su padre Jacob finalmente les dijo:
—Si no queda otro remedio, entonces al menos hagan esto: carguen sus costales con los mejores productos de esta tierra—bálsamo, miel, resinas aromáticas, pistachos y almendras—; llévenselos al hombre como regalo. 12 Tomen también el doble del dinero que les devolvieron, ya que probablemente alguien se equivocó. 13 Después tomen a su hermano y regresen a ver al hombre. 14 Que el Dios Todopoderoso[b] les muestre misericordia cuando estén delante del hombre, para que ponga a Simeón en libertad y permita que Benjamín regrese. Pero si tengo que perder a mis hijos, que así sea.
15 Así que los hombres cargaron los regalos de Jacob, tomaron el doble de dinero y emprendieron el viaje con Benjamín. Finalmente llegaron a Egipto y se presentaron ante José. 16 Cuando José vio a Benjamín con ellos, le dijo al administrador de su casa: «Esos hombres comerán conmigo hoy al mediodía. Llévalos dentro del palacio. Luego mata un animal y prepara un gran banquete». 17 El hombre hizo conforme a lo que José le dijo y los llevó al palacio de José.
18 Los hermanos estaban aterrados al ver que los llevaban a la casa de José, y decían: «Es por el dinero que alguien puso en nuestros costales la última vez que estuvimos aquí. Él piensa hacer como que nosotros lo robamos. Luego nos apresará, nos hará esclavos y se llevará nuestros burros».
19 Los hermanos se acercaron al administrador de la casa de José y hablaron con él en la entrada del palacio.
20 —Señor—le dijeron—, ya vinimos a Egipto una vez a comprar alimento; 21 pero cuando íbamos de regreso a nuestra casa, nos detuvimos a pasar la noche y abrimos nuestros costales. Entonces descubrimos que el dinero de cada uno de nosotros—la cantidad exacta que habíamos pagado—¡estaba en la parte superior de cada costal! Aquí está, lo hemos traído con nosotros. 22 También trajimos más dinero para comprar más alimento. No tenemos idea de quién puso el dinero en nuestros costales.
23 —Tranquilos, no tengan miedo—les dijo el administrador—. El Dios de ustedes, el Dios de su padre, debe de haber puesto ese tesoro en sus costales. Me consta que recibí el pago que hicieron.
Después soltó a Simeón y lo llevó a donde estaban ellos.
24 Luego el administrador acompañó a los hombres hasta el palacio de José. Les dio agua para que se lavaran los pies y alimento para sus burros. 25 Ellos prepararon sus regalos para la llegada de José a mediodía, porque les dijeron que comerían allí.
26 Cuando José volvió a casa, le entregaron los regalos que le habían traído y luego se postraron hasta el suelo delante de él. 27 Después de saludarlos, él les preguntó:
—¿Cómo está su padre, el anciano del que me hablaron? ¿Todavía vive?
28 —Sí—contestaron—. Nuestro padre, siervo de usted, sigue con vida y está bien.
Y volvieron a postrarse.
29 Entonces José miró a su hermano Benjamín, hijo de su misma madre.
—¿Es este su hermano menor del que me hablaron? —preguntó José—. Que Dios te bendiga, hijo mío.
30 Entonces José se apresuró a salir de la habitación porque la emoción de ver a su hermano lo había vencido. Entró en su cuarto privado, donde perdió el control y se echó a llorar. 31 Después de lavarse la cara, volvió a salir, ya más controlado. Entonces ordenó: «Traigan la comida».
32 Los camareros sirvieron a José en su propia mesa, y sus hermanos fueron servidos en una mesa aparte. Los egipcios que comían con José se sentaron en su propia mesa, porque los egipcios desprecian a los hebreos y se niegan a comer con ellos. 33 José indicó a cada uno de sus hermanos dónde sentarse y, para sorpresa de ellos, los sentó según sus edades, desde el mayor hasta el menor. 34 También llenó sus platos con comida de su propia mesa, y le dio a Benjamín cinco veces más que a los demás. Entonces festejaron y bebieron libremente con José.
LA TERQUEDAD DE JACOB Y LA MISERICORDIA DE DIOS
Jacob, aferrado a su terquedad, había prohibido a sus hijos regresar a Egipto por temor a perder a Benjamín. Pero la desesperación lo llevó finalmente a arrodillarse ante Dios. La hambruna era tan severa que no quedaba otra opción.
¿Cuánto sufrimiento podríamos evitar si nos rindiéramos antes a la voluntad de Dios?
En este relato también vemos el cambio en Judá. Aquel que una vez vendió a José ahora se ofrece como garantía de la seguridad de Benjamín. El pecado lo había endurecido, pero las dificultades que atravesó comenzaron a ablandar su corazón.
Dios usa las pruebas para moldear nuestro carácter, para transformarnos desde adentro.
LA DECISIÓN Y LA ORACIÓN DE JACOB
Ante lo inevitable, Jacob instruyó a sus hijos a llevar presentes, el doble del dinero y a Benjamín. Reconoció que solo la misericordia de Dios podía salvarles. Aunque había sido terco, sabía que podía confiar en esa misericordia.
A veces, así es la fe: nos aferramos a algo con tanta fuerza que terminamos paralizados. Pero llega un momento en el que, con fe y confianza en la misericordia de Dios, abrimos las manos y lo entregamos.
LA CULPA Y EL MIEDO DISTORSIONAN LA REALIDAD
Los hermanos, cargados de miedo y culpa, temían ser castigados por el dinero hallado en sus costales. Su temor les impedía esperar bondad y los llenaba de sospechas.
La culpa y el miedo hacen eso: distorsionan nuestra percepción.
En lugar de confiar en la misericordia de Dios y esperar bondad, esperamos castigo. No podemos imaginar la gracia. La culpa nos hace desconfiar incluso de las bendiciones que Dios ha preparado para nosotros.
¿Podríamos estar perdiéndonos la alegría de lo que Dios quiere darnos por causa del miedo o la culpa? Vale la pena pensarlo.
EL EVANGELIO EN UNA ESCENA INESPERADA
Cuando los hermanos explicaron la situación del dinero, el mayordomo respondió con paz. Les dijo que Dios había puesto un tesoro en sus sacos y les devolvió a Simeón.
El miedo nos hace caer ante quien tiene poder sobre nosotros.
Y en cierto sentido, eso es el evangelio: venimos con temor ante el Dios todopoderoso, conscientes de nuestra deuda. Pero Él nos dice que la deuda ya fue pagada… y que Él mismo la pagó.
EL CORAZÓN DE JOSÉ Y EL CORAZÓN DE DIOS
Cuando José vio a Benjamín, se conmovió profundamente. A pesar de las pruebas que había puesto a sus hermanos, su corazón anhelaba la reconciliación.
Así es Dios con nosotros.
Nos guía al arrepentimiento, nos invita a reconocer nuestro pecado y, a través de Jesús, nos ofrece compasión, misericordia y amor. Su propósito final es mostrarnos la grandeza de su amor en Cristo, quien tomó nuestro lugar y nos abrió el camino para ser abrazados por el Padre.
La historia de Génesis 43 nos recuerda que Dios usa la necesidad para llevarnos a la rendición, la culpa para llevarnos a la gracia y las pruebas para llevarnos a la transformación. Quizás hoy estás en un momento en el que ya no puedes evitar lo que has estado postergando. Que esta palabra te anime a confiar y a descansar en la misericordia de Aquel que te ama y te llama a volver a Él.
