PABLO EN ATENAS – Hechos 17:16-34
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La semana pasada hablamos de la importancia de examinar lo que se enseña y se predica en la Iglesia, donde la trascendencia está en lo que se predica y no tanto en el predicador. Desde luego que no estamos diciendo que el predicador no importe, pues sabemos reconocer su esfuerzo, dedicación y preparación, pero sin duda hay que examinarlo todo. Ahora seguiremos con la meditación de este día. Pablo en Atenas, número treinta y uno.
Y para esto daremos lectura a Hechos 17:16-34. Dice así:
Amén. Hasta ahí la lectura. Ahora, para entender el contexto de este pasaje, hablemos un poco de Atenas.
Atenas fue la principal ciudad griega del siglo V antes de Cristo, con una rica tradición intelectual y filosófica, heredada por Sócrates, Platón y Aristóteles, por ejemplo. Y aunque vivía de sus glorias del pasado, era una ciudad sin rival, pues era considerada la capital cultural del mundo. Sin embargo, con toda su cultura y filosofía, para Pablo esta era una ciudad llena de ídolos, espiritualmente muerta y sin Dios. Así que lo primero que hizo Pablo en Atenas fue ir a la sinagoga y presentar el evangelio de Jesucristo y de la resurrección. Después fue a la plaza, un lugar donde concurría mucha gente. Allí se encontró con los epicureos y con los estoicos, dos filosofías opuestas. Los epicureos se caracterizaban en la búsqueda del placer, el amor por la buena vida y la buena comida. Se regían por la experiencia personal y no por el razonamiento. En suma, se caracterizaban por ser materialistas, ateos y una vida llena de placeres. Mientras tanto, los estoicos, por su parte, rechazaban la idolatría. Enseñaban que había un solo Dios universal, que todo lo que existía formaba parte de la naturaleza divina, una filosofía panteísta. Y, a diferencia de los epicureos, ellos debían regirse por la razón. El placer era algo no bueno y no debían conmoverse por los sentimientos o circunstancias externas. Ambas corrientes iban de un extremo a otro. A estos grupos les predicó el evangelio de Jesús y de la resurrección, a judíos, a gentiles y a filósofos epicureos y estoicos.
Aquí, sin duda, podemos ver la capacidad de Pablo y el don que Dios le dio para poder abarcar y comunicarse con estos cuatro grupos tan distintos. Así que empezó con los que conocía, refiriéndose a un altar de ellos con la inscripción al Dios no conocido. Y, despertando su interés, les explicó quién es ese Dios y cómo es Él. Les habló del Dios creador y sustentador, que no habita en templos y que, como Dios, Él es autosuficiente. En el versículo veinticinco dice, Ni es honrado por manos de hombres como si necesitase de algo, pues Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Así el hombre que se enorgullece de sí mismo por servir a Dios se equivoca. Pablo les hizo ver quién es Dios y quién es el hombre. Para los griegos, sus dioses eran seres distantes, alejados de las preocupaciones y necesidades de las personas, pero no así el Dios de la creación. Versículo veintisiete, Él no está lejos de cada uno de nosotros.
También les dijo, Él nos hizo a su imagen. Y que era insensato pensar en un Dios de oro, plata, piedra o escultura. Así que ahora, en el versículo treinta, les dice, Es tiempo de arrepentirse. Y les volvió a hablar de la resurrección. Versículo treinta y uno y treinta y dos. Para estos filósofos griegos, la doctrina de la resurrección y el juicio era un sinsentido, pues el cuerpo era como una prisión y cuanto antes lo pudiesen dejar, mejor. ¿Para qué resucitar un cadáver? Y por otra parte, ¿por qué Dios se iba a molestar en hacer un juicio personal a cada uno? Ellos creían en la inmortalidad, pero no en la resurrección. Definitivamente, esta enseñanza nada tenía que ver con su filosofía, por lo cual la rechazaron. Y solo algunos creyeron; Pablo menciona a dos en particular, Dionisio y Damaris. Este pasaje nos enseña que, a pesar de los resultados, es fundamental mantenerse firme en compartir el Evangelio de Jesucristo. Por el número de creyentes en Atenas, no debemos pensar en un resultado negativo, pues a diferencia de Tesalónica y Berea, Pablo no fue obligado a retirarse de allí y siguió enseñando tanto a creyentes como a incrédulos. Y aunque la cosecha no fue abundante, hubo cosecha.
Hasta aquí la meditación del día de hoy. Me despido, mi nombre es Alfonso Abascal. Bendiciones y hasta la próxima.
