¿QUÉ LE DA VALOR A LA VIDA?

Vivimos con la sensación constante de estar corriendo. Entre compromisos, mensajes y pendientes, terminamos el día con la agenda llena… pero el corazón vacío. Es una especie de bancarrota interior que no siempre sabemos nombrar. Esta fragmentación nace cuando perseguimos cosas que prometen plenitud, pero que al alcanzarlas se deshacen como cáscaras huecas.
Jesús, con la sencillez que lo caracteriza, nos ofreció una alternativa radical “haceos tesoros en el cielo”. No nos invita a trabajar menos, sino a mirar más profundo. A preguntarnos qué estamos guardando en el centro de nuestra historia. Porque el valor de una vida no se mide por cuánto hacemos, sino por qué tipo de riqueza estamos acumulando en nuestro interior.
Construimos nuestra estabilidad sobre cosas que pueden derrumbarse en un instante, como el mercado, la opinión pública, la salud, la imagen. Jesús lo dijo:
“No os hagáis tesoros en la tierra… sino tesoros en el cielo.” (Mateo 6:19–20)
Las garantías modernas como la solvencia económica, el estatus profesional o una estética impecable, no son malas en sí mismas, pero son frágiles por naturaleza. No pueden sostener el peso del alma.
Acumular tesoros en el cielo no es una transacción para el más allá; es aprender a traer la realidad del Reino al presente al cultivar integridad, amar bien, vivir con propósito, honrar a Dios en lo cotidiano. Lo material es un regalo, no es un error si se recibe con gratitud, pero no puede ser un fundamento para dar sentido a nuestra vida.
El arameo mamona (Mamón) no se refiere solo al dinero, sino a todo aquello que promete seguridad absoluta. Cuando las posesiones dejan de ser herramientas y se convierten en el fin último, adquieren un tono casi religioso. Se vuelven amos.
Y aquí surgen preguntas incómodas como ¿Eres dueño de tu casa… o tu hipoteca te posee a ti? ¿Eres libre en tu trabajo… o tu identidad depende de él? ¿Disfrutas lo que tienes… o lo que tienes te exige más de lo que da?
El atractivo de Mamón es muy sutil porque la búsqueda del éxito nos tienta a sacrificar ética, el deseo de aprobación nos empuja a fingir, el buscar estatus nos lleva a gastar lo que no tenemos.
Cuando las cosas gobiernan, el propósito real queda relegado a un segundo plano, y eso termina en un sufrimiento evitable y en una fe apagada.
Invertir en lo eterno no es huir del mundo, sino vivirlo con otra brújula. Es construir un fundamento que no se oxida, no se agrieta y no depende del aplauso. Es “experimentar lo que es la vida verdadera”, como dice Pablo en 1 Tim. 6.19.

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 7 de Junio 2026.

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