LA VOZ DE DIOS FRENTE A LA ALTIVEZ HUMANA
Cuando Abraham Kuyper fue atacado por sostener un concepto elevado de la Escritura y de su autoridad, respondió con una sencillez “Es mi a priori; y Dios mismo me lo ha dado.” Esa convicción no era fruto de una especulación humana, sino de una certeza espiritual de que la Palabra es el punto de partida, el fundamento que Dios mismo entrega a su pueblo.
Miremos ahora al Señor Jesús en el desierto. Tres veces fue tentado y tres veces respondió con la misma fórmula: “Escrito está.” El Hijo de Dios, en el momento de mayor vulnerabilidad humana, se refugió en la Palabra escrita de su Padre. Allí resistió la seducción, la mentira y la manipulación del enemigo. Y notemos algo inquietante: el diablo también citó la Escritura. La conocía, pero la torció. La usó, pero la desfiguró. Jesús, sin embargo, desenmascaró esa interpretación ilegítima y proclamó el verdadero sentido de la Palabra. Y cuando el tentador se alejó, se cumplió lo prometido en el Salmo 91: “Pues a sus ángeles enviará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.”
Estudiar el origen de la Escritura, su contexto y su significado es una tarea enorme, y apenas estamos comenzando. No debemos evadir la realidad histórica ni las circunstancias concretas en que fue escrita. Pero tampoco debemos ignorar que, mientras más se ataca la autoridad de la Escritura, más crece la incertidumbre en el mundo. La razón humana, con su pretensión de autonomía, intenta dominar la Palabra de Dios y someterla a sus criterios.
Por eso, hoy más que nunca, debemos estar en guardia. Los ataques más peligrosos contra la autoridad de la Palabra no siempre vienen del escepticismo, sino de argumentos religiosos. Suenan piadosos, parecen respetuosos, incluso dan la impresión de honrar a Dios. Pero detrás de esos argumentos se esconde la misma crisis de obediencia que ha acompañado a la Iglesia en todos los siglos: una evasión de la presencia de Dios precisamente por la responsabilidad que implica estar cerca de Él. Cuando la Palabra se devalúa, inevitablemente se pierde la verdadera imagen de Cristo. Esta es la ley espiritual de la historia. Es la ley de la apostasía: el mundo sin la Palabra, el mundo que ya no escucha la voz de Dios, sino únicamente la suya.
Nuestra tarea no es defender una doctrina particular, ni nuestra interpretación favorita, sino hacer frente a todo ataque contra la Sagrada Escritura y testificar de la gracia que ella comunica, de su cercanía y de la responsabilidad que implica tenerla en nuestras manos.
Pablo lo expresa con admirable claridad, “Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co 10:5). Nuestro llamado es a obedecer la Palabra, someter nuestro pensamiento a Cristo y permanecer firmes en la verdad que Dios ha revelado.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 12 de Julio 2026.
