EL ANCLA DE LA PALABRA FRENTE A LA MAREA DE LA APATÍA

En la vida cristiana, las grandes tragedias espirituales rara vez ocurren de la noche a la mañana. Nadie se despierta un día decidiendo renunciar conscientemente a Cristo y abandonar por completo la fe. En la gran mayoría de los casos, quedar a la deriva espiritualmente es un proceso silencioso, casi imperceptible. Es como una embarcación que ha sido soltada del muelle sin que los tripulantes lo noten; la corriente fluvial o la marea la van alejando lentamente, metro a metro, hasta que la orilla segura queda tan distante que el retorno se vuelve arduo y doloroso.
A esta peligrosa condición nos alerta el autor de Hebreos con una sobria exhortación, “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.» (Hebreos 2:1).
En el texto griego original, la palabra utilizada para «deslicemos» o «perder el rumbo» es pararruéo. En la literatura de la época, este era un término estrictamente marítimo que se usaba para describir un barco cuyo ancla no se había fijado bien, permitiendo que las corrientes marinas lo arrastraran lentamente lejos del puerto seguro o directamente hacia los arrecifes.
El peligro que advierte Hebreos no es un rechazo violento de la verdad, sino un «desvío silencioso y pasivo». Un creyente o una iglesia que no «atiende con diligencia» a la sana doctrina simplemente se deja llevar, flotando a la deriva hacia las corrientes de las teologías falsas.
El peligro al que se enfrentaba aquella primera comunidad cristiana -y al que nos enfrentamos nosotros hoy- no era necesariamente el rechazo abierto del Evangelio, sino la apatía. La negligencia diaria. El descuido sistemático de los medios de gracia que Dios ha instituido para sostener nuestra fe. Cuando dejamos de valorar la verdad de Dios, cuando la lectura de las Escrituras se vuelve una rutina mecánica, cuando la oración pierde su fervor y la comunión de los santos se relega a un plano secundario, el corazón humano comienza a enfriarse de manera imperceptible.
Si no nos aferramos con diligencia a las verdades eternas de la Escritura, corremos el riesgo de experimentar ese deslizamiento silencioso donde las corrientes teológicas de la cultura nos arrastran sin que apenas lo notemos. Las falsas doctrinas operan como una marea invisible; no necesitan empujarnos con violencia, les basta con que dejemos de asegurar nuestra barca. Para no perder el rumbo en un océano de relativismo, la iglesia debe clavar profundamente el ancla de la sana doctrina en el fondo inmutable de la Palabra de Dios, asegurando la mente y el corazón contra el vaivén de las ideologías de moda.
Como iglesia Berith somos llamados a examinarnos con honestidad delante del Señor. Dios preserva a su pueblo, y lo hace usando los medios ordinarios como su Palabra, la oración y la vida comunitaria.

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 6 de septiembre 2026.

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