¿Rectitud Moral o Salvación Divina?: La Igualdad de Culpa ante Dios – Romanos 2:1

Romanos 2:1

Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.

En la parte final del capítulo 1 de Romanos (versos 24-32) el apóstol Pablo describe cómo Dios juzga a las personas que han rechazado Su verdad y han caído en la idolatría, es decir, en adorar otras cosas en lugar de a Dios.

Todo esto le hemos visto en los videos anteriores, de los cuales dejo enlaces aquí: La ira de Dios contra la rebelión de la humanidad

Esto nos lleva a reflexionar sobre una pregunta interesante:

¿qué pasa con las personas que parecen «buenas» o «morales»? Esas personas que tienen un sentido del bien y del mal y viven de forma respetable, ¿también son juzgadas por Dios?

Moralidad: ¿es suficiente?

Alguien que se considera a sí mismo con una buena moralidad estará de acuerdo con lo que Pablo dice sobre las personas que cometen pecados claros y evidentes, como los que describe en Romanos: envidia, odio, mentiras, orgullo, desobediencia, entre otros. Desde su punto de vista, quienes hacen estas cosas realmente merecen el juicio de Dios.

Incluso, a lo largo de la historia, ha habido muchas personas que sin ser cristianas han defendido altos valores éticos.

Un ejemplo es Séneca, un filósofo romano que vivió en la época de Pablo. Séneca condenaba muchos vicios de la sociedad y sus valores morales se centraban en la virtud, la sabiduría, la templanza, la austeridad y la búsqueda de la paz interior. 

Pero, a pesar de que Séneca hablaba todos estos nobles valores, también toleraba en su vida cosas que iban en contra de sus propias enseñanzas. La historia narra que, por miedo a perder su poder, justificó ante el Senado Romano a Nerón por el asesinato de su propia madre, Agripina (ver el artículo de National GeographicSéneca, el estoico que no predicaba con el ejemplo” )

Eso es algo que contradice las virtudes que él predicaba. Esto nos muestra que incluso las personas más «rectas» no son perfectas y, en algún punto, fallan.

¿Qué pensaban los judíos de la época?

Pablo también menciona cómo muchos judíos en su tiempo pensaban que podían ganarse el favor de Dios simplemente cumpliendo con las leyes y tradiciones religiosas. Creían que, al ser descendientes de Abraham y parte del «pueblo elegido», eran automáticamente aceptados por Dios, sin importar si en sus vidas habían fallado en ser justos. Pensaban que Dios juzgaría más duro a los gentiles (no judíos), pero no a ellos.

Esto refleja un problema más amplio: confiar en las propias obras, la religión o la tradición, en lugar de reconocer la necesidad de la gracia de Dios. Esta actitud, según Pablo, es equivocada.

¿Y nosotros hoy?

Hoy, hay personas que, como Séneca o los judíos de aquella época, creen que llevar una vida buena, ser caritativos, cumplir normas éticas o pertenecer a una religión es suficiente para estar bien con Dios. Pueden pensar que acciones como el bautismo, ir a la iglesia, o tener una buena reputación son suficientes para obtener la salvación. Pero, tal como Pablo explica, nadie puede alcanzar la perfección de Dios por sí mismo. Todos fallamos de alguna manera, y eso nos separa de Él.

No importa cuán «buena» parezca una persona; todos necesitamos la gracia y el perdón de Dios para alcanzar la salvación. De hecho, alguien que cree que ya es suficientemente bueno podría tener más dificultad para aceptar este mensaje, porque no ve su necesidad de Dios, en comparación con alguien que reconoce sus fallas y busca redención.

Después de hablar de cómo los gentiles inmorales están separados de Dios, Pablo dirige su atención a los moralistas y religiosos para mostrarles que, ante Dios, todos somos igualmente culpables. Nadie está exento.

Este mensaje no es para condenar, sino para ayudarnos a ver que necesitamos el amor y la gracia de Dios para verdaderamente vivir en comunión con Él.

Más Allá de la Moralidad: La Necesidad de Gracia y Perdón

Entonces volvemos a la pregunta: ¿Por qué las personas que se consideran «morales» o «buenas» no tienen excusa frente a Dios?

¿Qué tiene de malo la moralidad?

Para entender esto, primero necesitamos hacer una pregunta importante: ¿Por qué la moralidad, por sí sola, no es suficiente delante de Dios? La Biblia, específicamente en Romanos 1:29-31, nos muestra una descripción dura pero honesta de cómo los seres humanos han fallado ante Dios. Pablo menciona una lista de actitudes y comportamientos como la maldad, la envidia, el orgullo, las mentiras, la desobediencia y otros actos que demuestran nuestra separación de Dios. Suena como un catálogo de lo peor de la humanidad, ¿verdad?

Sin embargo, cuando la gente escucha esto, muchos piensan: «Bueno, yo no soy así. Esa descripción aplica a otros, pero no a mí». Este es un pensamiento común, especialmente entre quienes llevan una vida aparentemente correcta o buena.

La perfección de Dios

Aquí es donde Pablo nos aclara algo clave: el problema no es solo evitar los pecados evidentes (como mentir o robar), sino alcanzar el estándar perfecto de Dios. Es decir, Dios es absolutamente perfecto y santo, y para estar en Su presencia, se requiere esa misma perfección. Esto nos pone en una posición complicada, porque nadie puede cumplir con ese nivel de perfección por sus propios méritos.

¿Y qué pasa con los moralistas?

Ahora, algunas personas pueden sentirse seguras al decir: «Tal vez no soy perfecto, pero soy mejor que otros, así que no merezco el juicio de Dios».

Pablo responde a este tipo de pensamiento y señala algo muy importante: cuando juzgas a otros, estás demostrando que tienes conciencia moral, que sabes distinguir entre lo bueno y lo malo. Sin embargo, eso no significa que seas inocente. De hecho, muchas veces hacemos las mismas cosas que criticamos en otros, aunque sea de forma diferente o más sutil.

Por ejemplo, alguien puede condenar a otros por ser deshonestos, pero ¿alguna vez has mentido, aunque sea una «mentirita blanca»? O tal vez has criticado a otros por su orgullo, pero ¿te has sentido superior a alguien más? Pablo dice que al juzgar a otros, en realidad también te juzgas a ti mismo, porque sabes lo que está mal y, aun así, no eres perfecto.

El juicio de Dios

En lugar de comparar nuestras vidas con las de los demás, Pablo nos invita a reflexionar sobre cómo nos vemos ante Dios. Muchas veces, las personas que se consideran morales confían en sus buenas acciones, su religión, su pertenencia a una iglesia o sus tradiciones para justificarse. Nada de esto es suficiente para cumplir con el estándar perfecto de Dios.

El mensaje aquí no es para desanimarnos, sino para guiarnos hacia una verdad fundamental: Nadie puede salvarse por sus propias fuerzas o logros, todos necesitamos la gracia y el perdón de Dios.

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