UN REY EN ASNO CONTRA NUESTRO ORGULLO

La escena que presenta Zacarías es una tremenda paradoja de la humildad de Jesús frente a nuestro propio orgullo humano, que desarma cualquier concepto humano de poder. El Rey prometido entra sin armadura, sin espectáculo, sin demostrar fuerza… entra montado en un asno. Su manera de reinar rompe cualquier idea que tengamos sobre poder y grandeza.
La humildad de Jesús expone, sin filtros, el contraste con nuestro propio orgullo espiritual.
Primero, miremos la humildad radical de este Rey. Mientras que tantos gobernantes de este mundo acumulan privilegios y buscan reconocimiento o trato especial, Jesucristo hace exactamente lo contrario, deja su gloria, abraza la vulnerabilidad y se acerca a nosotros sin imponer nada.
El ser más poderoso del universo elige la indefensión como camino de salvación. ¿Por qué? Porque su autoridad no nace de la fuerza, sino del amor que se entrega.
Y aquí viene el choque frontal con nuestro corazón, contra nuestro propio orgullo.
Vivimos en una cultura que asocia el éxito con dominar a otros, influir o imponerse.
Pero Jesús nos muestra que la verdadera fuerza está en usar cualquier posición, ya sea grande o pequeña, para servir. Es como si el CEO intocable de una megacorporación decidiera limpiar los baños cada mañana para enseñarle a sus directivos qué es liderazgo real. El ejemplo de Jesús no es poético en realidad, es un mensaje profundamente práctico y directo.
Zacarías también nos deja una advertencia seria contra la presunción espiritual.
Si nuestro Rey gobierna desde la humildad extrema, ¿cómo podríamos justificar una fe que busca estatus, comodidad o reconocimiento?
La humildad de Cristo nos llama a salir de nuestras burbujas, a ensuciarnos las manos, a acercarnos a quienes normalmente evitamos. No se trata de discursos bonitos, sino de disposición real.
En el Reino de Dios, la grandeza no se mide por cuántos te siguen, sino por cuántos puedes levantar cuando decides bajarte del pedestal. La entrada humilde de Jesús no es un detalle histórico, sino una invitación urgente a revisar nuestro corazón y a caminar como Él.
Hoy, como iglesia, estamos invitados a mirar de frente la humildad de nuestro Rey y preguntarnos con sinceridad dónde necesitamos bajar el ritmo, bajar la voz o bajarnos del pedestal. No para sentir culpa, sino para permitir que el carácter de Cristo tome forma en nosotros.
La humildad no empieza con grandes gestos, sino con pequeñas decisiones que abren espacio para que Cristo reine en nosotros. Que esta semana podamos reflejar, aunque sea un poco, la belleza del Rey que eligió un asno para mostrarnos el camino.

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 29 de marzo 2026.

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