PABLO ANTE AGRIPA – PARTE 2 – Hechos 25:13-17
Meditación bíblica sobre Hechos 25:13-17 por Alfonso Abascal
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
Seguimos con el libro de los Hechos. Festo ha relatado al rey Agripa cómo las autoridades judías querían condenar a Pablo, intentando dar un tinte político a algo que sin duda en realidad era religioso, pero hubo algo que llamó la atención de Festo y despertó el interés del rey Agripa, y fue el testimonio de Pablo acerca de la resurrección de Jesucristo. Por este motivo, Agripa pidió oír a Pablo. Ahora seguiremos adelante con la meditación del día de hoy: Número 50 – Pablo ante Agripa, parte 2.
Les pido que den lectura a Hechos 26:1-8. Lo primero que notamos en el verso 1 es que Agripa permite a Pablo hablar como un privilegio cuando en realidad Dios va a permitir que Agripa y todos los que ahí están presentes, a través de la defensa de Pablo, escuchen acerca de esta esperanza, es decir, la promesa de Dios de enviar su mesías Jesús.
Así, la realidad es que a ellos se les permitirá oír acerca de Jesús y su evangelio; para cuando Pablo termine su defensa, Festo, el rey Agripa y Berenice serán los acusados. Recordemos que Festo solo quería complacer a los judíos; no se trataba de justicia. El rey Agripa, como parte de la familia Herodiana, cometía asesinatos sin ningún reparo, como su bisabuelo Herodes el Grande, quien mandó matar al niño Jesús (Mateo 2:16), o Herodes Antipas, quien mandó decapitar a Juan el Bautista (Mateo 14:10); y por su parte, Agripa y Berenice eran hermanos y mantenían una relación incestuosa.
Al hablar Pablo de la verdad del evangelio y testificar de Jesucristo, marcará la diferencia que Jesucristo puede hacer en la vida del creyente, así como lo hizo en la vida de Pablo.
Pablo inicia su defensa diciendo algo muy interesante. Verso 2 dice: «Me tengo por dichoso», que también se traduce como «bienaventurado», lo que nos lleva a recordar las palabras del Señor Jesús en el Sermón del Monte (Mateo 15:11): “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros mintiendo. Gozaos y alegraos porque vuestro galardón es grande en los cielos”, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros y justo por esto estaba pasando Pablo.
Pablo hablará de tres aspectos de su vida: primero, de su vida pasada como fariseo; segundo, como perseguidor de la iglesia; y tercero, como apóstol enviado por Jesucristo. Lo primero que dice es que él había vivido conforme a las más rigurosas costumbres judías, es decir, como fariseo (versículo 5).
Recordemos lo que el apóstol Pablo dice de sí mismo en Filipenses 3:5: «circuncidado al octavo día del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo«, y en Hechos 22:3 dice: «instruido a los pies de Gamaliel».
Así que Pablo era un hombre de convicciones y con un gran celo religioso. Para Pablo resultaba extraño que se le quisiera juzgar por lo mismo que ellos, como judíos, creían: la esperanza de la promesa hecha por Dios, que mandaría a su mesías, el cual rescataría y redimiría a su pueblo constituido por las doce tribus de Israel.
Para Pablo era fundamental predicar acerca de la resurrección de Jesucristo, pues esto constituía la prueba de que Jesús fue el mesías prometido por Dios (verso 8).
Algo que les parecía increíble a las autoridades judías era que Dios pudiera resucitar a los muertos. Lucas nos narra lo que sin duda es un resumen de lo que Pablo habló acerca de Jesús, el mesías prometido, y de todo aquello que Jesús hizo para ser el medio por el cual el creyente recibe por la fe el perdón de pecados, la vida nueva en Cristo y la esperanza de una vida eterna en gloria.
Esto es lo que Pablo les testificaba a sus oyentes, sintiéndose dichoso por hacerlo, y es lo mismo que, llegado el momento, nosotros debemos hacer: testificar acerca de Jesús y la resurrección con todo detalle.
Para Pablo, como para todo creyente, este es el fundamento de la fe cristiana, pues si no hay resurrección, no hay ningún evangelio que predicar; después de todo, un salvador muerto no puede salvar a nadie.
Termino con lo que dice 1 Corintios 15:14 y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación; vana es también vuestra fe».
