LA PAZ QUE NACE DEL PERDÓN

¿Por qué es tan fácil perder la calma? ¿Por qué basta un comentario fuera de lugar, un olvido mínimo o un malentendido para que la atmósfera de nuestro hogar (o de nuestra iglesia) cambie por completo? La armonía en nuestras relaciones es como un cristal fino; hermosa, pero sorprendentemente frágil. Podemos estar en paz y, de pronto, ante un pequeño imprevisto, sentimos cómo dentro de nosotros podemos estar dispuestos a lanzar misiles verbales o bombas emocionales contra quienes más amamos.
Esa facilidad para perder la paz no es un simple problema de carácter ni una falla de modales. Es el síntoma de algo más profundo, una fractura interior que, posiblemente, todos cargamos.
La Biblia enseña que fuimos creados para vivir en perfecta armonía con Dios. Esa comunión era el fundamento de todas las demás relaciones. Pero cuando la humanidad (en la caída) decidió vivir en independencia, algo se rompió. Desde entonces, la falta de paz con los demás no es más que el eco de nuestra falta de paz con nuestro origen.
Intentar mantener paz duradera con otros mientras el alma sigue en conflicto con Dios es como intentar sostener un edificio con cimientos agrietados; tarde o temprano se derrumba.
A lo largo de la historia hemos intentado manejar nuestra falta de paz con métodos que funcionan… pero solo en la superficie.
Uno de esos métodos es la paz por imposición, es decir, la paz del más fuerte. Se escucha como: “Aquí se hace lo que yo digo”. Produce silencio, pero no reconciliación. Otro es la paz por negociación. Es el “tú cedes un poco, yo cedo un poco”. Útil, sí, pero incapaz de sanar el corazón. Ambas estrategias pueden detener una discusión, pero ninguna puede restaurar lo que está roto por dentro.
Frente a esto, Dios presenta una alternativa que parece escandalosa, la paz por amor. No es la paz del que gana, ni la del que negocia. Es la paz del que ama primero, del que toma la iniciativa, del que decide sacrificar su derecho a tener la razón por el bien del otro. Es la paz que vemos en Jesús.
El apóstol Pablo lo expresa con una claridad que nos desarma,
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).
Cuando alguien ha sido perdonado por Dios, algo cambia en su manera de relacionarse. La persona que ha experimentado la gracia deja de ver a los demás como enemigos a vencer y empieza a verlos como almas que también necesitan misericordia. El perdón siempre comienza en el corazón de quien ha entendido cuánto ha sido perdonado.

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 21 de Junio 2026.

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