MÁS ALLÁ DE LA SUPERFICIE – COLOSENSES 2:8
Meditación bíblica sobre COLOSENSES 2:8 por Saulo Murguía A.
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
Enfrentamos una contradicción que exige reflexionar con humildad. Aunque cada día vemos que la humanidad está alcanzando logros extraordinarios en ciencia y tecnología, nuestra capacidad para convivir en paz se reduce cada día más.
Podemos descifrar el genoma humano, pero nos es muy difícil tener confianza unos en otros, incluso entre vecinos, familias e instituciones. Lo que esto nos demuestra es que la raíz más profunda de nuestra crisis no está precisamente en la falta de recursos, oportunidades o sistemas mejores, sino en la condición del corazón humano.
Por eso la Biblia nos enseña con amor y seriedad lo siguiente en Colosenses 2:8: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas…”.
El teólogo y estadista Abraham Kuyper llamó a esta tensión la “Antítesis”, y explicaba que existen dos principios opuestos, uno que reconoce a Dios como soberano y otro que pone al hombre en el centro. Kuyper decía que cuando una sociedad abandona el fundamento cristiano, sus instituciones (matrimonio, educación, justicia) inevitablemente se degradan porque pierden su punto de referencia absoluto.
La Palabra de Dios nos enseña que la inclinación humana hacia el mal es algo universal. No se trata simplemente de una falla que pueda corregirse con más información, mejores programas o mayor educación, aunque todas estas cosas tengan su lugar.
Se trata de una condición espiritual que, como seres humanos, heredamos desde el Edén. Romanos 3:10-12 afirma que «no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios», y Jeremías 17:9 describe el corazón humano como «engañoso más que todas las cosas, y perverso».
Por eso tantas promesas humanas de construir una sociedad perfecta terminan frustradas; porque intentan sanar los frutos sin atender la raíz.
Pero aquí también brilla la esperanza del evangelio. Frente a esta realidad, la regeneración –lo que llamamos “nuevo nacimiento”– no es una obra que el ser humano pueda producir por sí mismo, sino que es un acto misericordioso de Dios.
En Ezequiel 36:26-27, Dios promete un «corazón nuevo» y el Espíritu de Dios para que el hombre pueda «andar en sus estatutos», es decir, obedecer a Dios.
El ser humano, muerto espiritualmente, no puede reanimarse a sí mismo; pero la gracia de Dios sí puede dar vida. Veamos lo que dice la epístola a los Efesios 2:4-5: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)».
Cuando el Espíritu Santo transforma a una persona, esa obra interna comienza a reflejarse en la vida cotidiana.
La fe verdadera produce integridad en el trabajo, verdad en las relaciones, responsabilidad en la autoridad, servicio al prójimo y reverencia en la búsqueda de la verdad.
Una sociedad no puede florecer por decreto, sino cuando Dios renueva corazones que aprenden a amar lo bueno, lo justo y lo verdadero.
Por otra parte, el hombre natural considera las cosas de Dios como locura. En 1 Corintios 2:14 leemos: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente».
El individuo que no ha experimentado la regeneración (el nuevo nacimiento) no tiene esa conciencia espiritual del pecado y, ante la incomodidad de su propia inclinación al mal, tiende a justificarla. Para lograrlo, construye todo un andamiaje de «bondad» basado en filosofías e ideologías humanas que funcionan como un mecanismo de camuflaje social. Estas ideas permiten al individuo parecer «bueno» ante los ojos de los demás, y al mismo tiempo ignora la raíz de su propia corrupción interna. Algunas de estas corrientes, que a menudo sustituyen la base moral absoluta por criterios subjetivos, son, por ejemplo:
- Humanismo, que coloca al hombre como medida de todas las cosas.
- Utilitarismo, que supedita la moral a la utilidad práctica.
- Materialismo, que reduce la existencia a la satisfacción de necesidades tangibles.
- Nihilismo, que ante la falta de sentido, diluye la responsabilidad moral.
- Misticismo, que busca en la subjetividad una validación que no requiere arrepentimiento.
Estas filosofías, aunque presenten una fachada de ser algo positivo, no ofrecen solución al problema del corazón humano y sirven solo para validar el pecado bajo nombres más sofisticados. No pueden producir el nuevo nacimiento.
Cuando una sociedad se guía por una ética centrada en el deseo personal, los frutos aparecen tarde o temprano: inseguridad, desconfianza, engaño, degradación institucional y pérdida de dirección moral.
El primer capítulo de la epístola a los Romanos describe este proceso con toda claridad, diciendo que cuando el ser humano rechaza la verdad de Dios, queda entregado a sus propios razonamientos y termina llamando bien a lo que lo destruye.
Por eso, la salud de una sociedad depende de la fuente de donde proviene su moralidad. Si edificamos sobre deseos personales, cosecharemos confusión y conflicto; pero si edificamos sobre la obra regeneradora de Dios, vamos a encontrar un fundamento firme para vivir con verdad, justicia y misericordia.
El verdadero progreso humano no nace de corazones endurecidos, sino de vidas rendidas a Dios.
Si anhelamos una sociedad distinta, tenemos que comenzar por reconocer que necesitamos corazones distintos. No basta con cambiar leyes, discursos o estructuras; necesitamos que Dios cambie vidas.
Y ese cambio empieza en ti, en mí, en cada persona que escucha la voz del Señor y se rinde a su verdad. La transformación de una nación comienza en el corazón.
La pregunta final, entonces, no es solo social, sino profundamente espiritual:
¿Sobre qué fundamento estás construyendo tus valores, y qué frutos está produciendo ese fundamento en tu vida y en los que te rodean?
