EL MIEDO A LO DESCONOCIDO Y LA LUZ DE LA FE – SALMO 27:1
Meditación bíblica sobre SALMO 27:1 por Saulo Murguía A.
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
Voy a iniciar leyendo nuestro texto de reflexión en Salmo 27:1:
“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?”
INTRODUCCIÓN
El miedo a la oscuridad es algo natural. Basta observar a los niños, atraviesan esa etapa en la que cualquier sombra bajo la cama les parece un peligro, y buscan refugio inmediato en los brazos de sus padres. Pero ese temor no es exclusivo de la infancia. Casi todos hemos sentido esa inquietud repentina cuando las luces se apagan y el silencio se vuelve pesado.
Este sentimiento es muy común en la vida moderna, en que estamos acostumbrados a estar siempre con todo iluminado a nuestro alrededor, las calles, los edificios, nuestra casa; casi no hay rincón que permanezca sin luz. Tanto que resulta difícil admirar las estrellas en la noche.
Nuestra sociedad a asociado la ausencia de luz con inseguridad, si nuestros vecinos ven que alguna luz de la calle no funciona, inmediatamente se quejan y el argumento es “la falta de luz hace más inseguras las calles”; si un auto circula sin luces en la noche, es un peligro inminente, es decir, hay inseguridad.
Sin embargo, hay estadísticas que señalan que el 11% de los adultos sigue experimentando nictofobia, es decir, miedo persistente a la oscuridad.
La historia humana es una lucha constante por vencer la oscuridad. Desde el uso del fuego, antorchas, velas, faroles, focos incandescentes, tecnologías modernas. Yo mismo recuerdo la luz de las velas y las lámparas de gas en la casa de mis abuelos. Pero, a pesar de todo ese avance, el miedo persiste.
Y persiste porque la raíz del temor no es la falta de fotones, sino la angustia ante lo inesperado.
La oscuridad posee la extraña capacidad de ocultarnos las cosas que nos son familiares; borra el contorno de lo que conocemos y amamos. Un salón acogedor se vuelve extraño e incluso nos puede parecer hostil. Lo que amamos pierde forma. Y entonces aparece la sensación de vulnerabilidad: tememos lo desconocido porque no podemos ver a dónde vamos.
LA OSCURIDAD QUE NINGÚN INTERRUPTOR PUEDE ELIMINAR
Existe una penumbra más profunda que la física: la oscuridad espiritual. Esa que se manifiesta como:
- Soledad y depresión: el vacío que aísla.
- Pecado y separación: la ruptura de nuestra armonía interior.
- Opresión y cautiverio: una desolación que puede envolver incluso a naciones enteras.
El profeta Isaías describió este estado en tiempos de ocupación, opresión y amargura (Isaías 9:1-2). Pero en medio de esa noche espiritual, anunció una promesa: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz.”
Y lo sorprendente es que esa luz no llegó como un fenómeno cósmico, sino como el nacimiento de un niño. Jesucristo es esa luz que rompe el yugo, disipa el miedo y revela el camino.
EL MIEDO AL FUTURO, LA SOMBRA QUE PARALIZA
El miedo al futuro es una extensión del miedo a la oscuridad. Así como nos inquieta no ver los objetos en una habitación oscura, nos aterra no conocer los “cuándo” y los “cómo” de nuestra vida.
Quisiéramos tener un mapa detallado de los próximos diez años, pero esa no es la solución. La solución es confiar en quien sostiene el presente y el futuro. La incertidumbre se vuelve serenidad cuando entendemos que no caminamos solos.
La Escritura nos ofrece tres pilares:
- UN DISEÑO CON PROPÓSITO. Dios piensa en paz, no en mal, para darnos un futuro lleno de esperanza. Jeremías 29:11
Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.
- COMPAÑÍA CONSTANTE. Dondequiera que vayamos, Él está con nosotros. Josué 1:9
Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.
- CONFIANZA ACTIVA. La fe es elegir confiar incluso en el día del temor (Salmo 56:3).
En el día que temo, yo en ti confío.
LA OSCURIDAD TOMA FORMA DE INDECISIÓN
La oscuridad cotidiana suele ser la indecisión. Por ejemplo, aceptar un empleo, casarse, asumir un riesgo. Son momentos que se sienten como caminar a ciegas por un bosque.
Los discípulos vivieron esto en Mateo 4:18-22. Dejaron sus redes, su seguridad conocida, para seguir un camino que aún no veían con claridad. Su fe reemplazó el miedo por acción.
Y para esos momentos de duda, Dios nos sostiene con una promesa firme: “No temas, porque yo estoy contigo… siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” (Isaías 41:10)
ABRAHAM Y LA FE QUE CAMINA SIN MAPA
A veces nos sentimos como Abraham, llamado a salir sin saber a dónde iba. Su historia nos enseña que no es necesario ver todo el horizonte para dar el primer paso.
La fe es, precisamente, la certeza de lo invisible. Es confiar en que, aunque el camino sea largo, tenemos una lámpara que ilumina lo suficiente para el siguiente paso (Salmo 119:105).
Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.
La luz espiritual no es un evento fortuito; es una elección diaria. Si Dios ya te ha provisto la luz de su Palabra, ¿qué te detiene de dar el siguiente paso?
