HABACUC 3 – ORACIÓN, TEMOR Y ESPERANZA ANTE EL DIOS JUSTO
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Meditación bíblica sobre HABACUC 3:1-16 por el A.I. Saulo Murguía A.
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
REFLEXIONES SOBRE LA CONFIANZA Y ADORACIÓN EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE
Iniciaremos con la lectura de Habacuc 3:1-16
Oración del profeta Habacuc, sobre Sigionot.
2 Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí.
Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos,
En medio de los tiempos hazla conocer;
En la ira acuérdate de la misericordia.
3 Dios vendrá de Temán,
Y el Santo desde el monte de Parán. Selah
Su gloria cubrió los cielos,
Y la tierra se llenó de su alabanza.
4 Y el resplandor fue como la luz;
Rayos brillantes salían de su mano,
Y allí estaba escondido su poder.
5 Delante de su rostro iba mortandad,
Y a sus pies salían carbones encendidos.
6 Se levantó, y midió la tierra;
Miró, e hizo temblar las gentes;
Los montes antiguos fueron desmenuzados,
Los collados antiguos se humillaron.
Sus caminos son eternos.
7 He visto las tiendas de Cusán en aflicción;
Las tiendas de la tierra de Madián temblaron.
8 ¿Te airaste, oh Jehová, contra los ríos?
¿Contra los ríos te airaste?
¿Fue tu ira contra el mar
Cuando montaste en tus caballos,
Y en tus carros de victoria?
9 Se descubrió enteramente tu arco;
Los juramentos a las tribus fueron palabra segura. Selah
Hendiste la tierra con ríos.
10 Te vieron y tuvieron temor los montes;
Pasó la inundación de las aguas;
El abismo dio su voz,
A lo alto alzó sus manos.
11 El sol y la luna se pararon en su lugar;
A la luz de tus saetas anduvieron,
Y al resplandor de tu fulgente lanza.
12 Con ira hollaste la tierra,
Con furor trillaste las naciones.
13 Saliste para socorrer a tu pueblo,
Para socorrer a tu ungido.
Traspasaste la cabeza de la casa del impío,
Descubriendo el cimiento hasta la roca. Selah
14 Horadaste con sus propios dardos las cabezas de sus guerreros,
Que como tempestad acometieron para dispersarme,
Cuyo regocijo era como para devorar al pobre encubiertamente.
15 Caminaste en el mar con tus caballos,
Sobre la mole de las grandes aguas.
16 Oí, y se conmovieron mis entrañas;
A la voz temblaron mis labios;
Pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí;
Si bien estaré quieto en el día de la angustia,
Cuando suba al pueblo el que lo invadirá con sus tropas.
El capítulo 3 de Habacuc es una oración. Es la respuesta del profeta a todo lo que Dios le ha mostrado. Después de luchar con preguntas profundas sobre la justicia y el sufrimiento, Habacuc se inclina ante el Señor con reverencia, temor y esperanza.
Cuando llegamos a este capítulo, notamos de inmediato que el tono ha cambiado. Ya no está preguntando por qué Dios permite el mal, ni discutiendo sobre el tiempo de Dios. Ahora, Habacuc adora. Y lo hace recordando cómo Dios ha actuado a lo largo de la historia de Israel.
El profeta trae a la memoria momentos en los que Dios liberó a su pueblo y puso en evidencia a sus enemigos. Esos recuerdos del poder de Dios se convierten para él en una fuente de esperanza en el presente.
Esta oración no es genérica. Es poética, cuidadosamente compuesta, muy parecida a un salmo. Incluso incluye instrucciones musicales, estos “selah” que aparecen en el texto. Todo esto nos recuerda los cánticos de adoración de Israel.
Habacuc describe la majestad de Dios, lo presenta viniendo con esplendor, dominando la naturaleza, sacudiendo montañas, abriendo caminos en el mar. Es una visión que evoca el Éxodo y la travesía por el desierto. Allí Dios dividió aguas, derribó imperios y sostuvo a su pueblo. Por eso Habacuc cree que Dios puede volver a hacerlo. Si Dios actuó antes, puede actuar otra vez.
Ahora bien, esta oración también habla de la ira de Dios, y eso puede inquietarnos. Pero aquí vemos que su ira no es caprichosa ni descontrolada. Es una ira dirigida contra el mal, contra aquello que destruye lo que Él ama. Su enojo no revela un Dios vengativo, sino un Dios santo y justo que no tolera la injusticia y que no descansará hasta restaurar lo que es suyo.
Habacuc ora con honestidad. Reconoce que tiene miedo. Tiembla al pensar en el juicio de Dios. Sabe que cuando Dios interviene, nada queda igual. Pero aun así confía. Está asustado, sí, pero convencido de que el plan de Dios es verdadero.
La gran afirmación de Habacuc es esta:
El mismo Dios que guio a su pueblo en el pasado es el Dios que juzga el mal y rescata a quienes confían en Él hoy.
Esa verdad lo lleva a arrodillarse. Y debería llevarnos a nosotros al mismo lugar.
La oración de Habacuc es cercana porque no pretende tenerlo todo resuelto. Él reconoce su fragilidad, pero también reconoce la grandeza de Dios. Y creo que nosotros sentimos algo parecido: queremos que Dios arregle lo que está mal, pero cuando Él se acerca, descubrimos que también somos vulnerables. Lo que está mal en el mundo también está mal en nosotros.
A veces olvidamos que también necesitamos la disciplina de Dios. Este texto nos invita a acercarnos a Él con humildad, con un corazón honesto que reconoce su necesidad.
Y aquí aparece un tema importante: el temor de Dios. Hoy solemos pensar que el temor es lo contrario de la fe, pero Habacuc nos muestra que existe un temor sano. Un temor que nace de reconocer quién es Dios. Podemos estremecernos ante su juicio y, al mismo tiempo, confiar en su misericordia.
Ese es el temor cristiano: tomar a Dios en serio; reconocer que el pecado es real, que el juicio es real, pero también que la misericordia de Dios es más grande. Para nosotros, ese temor está abrazado por la cruz. No nos quedamos solo con el miedo; nos maravillamos ante lo que Jesús ya hizo.
¿Y cómo respondemos a todo esto? Con adoración. Habacuc canta. Ora. Recuerda las obras de Dios. Y nuestra adoración debería nacer de la convicción de que Dios es grande, pero no está lejos. Él gobierna sobre las naciones y sobre la naturaleza. Y esa es una buena noticia cuando nuestro corazón se siente cansado.
Cuando adoramos, declaramos que creemos en su poder para salvar. Nos rendimos a su plan perfecto.
Y quizá ese sea el desafío para ti hoy: ¿te entregarás al plan perfecto de Dios?
