MÁS ALLÁ DE LO CORRECTO Y LO INCORRECTO

El clamor del mundo actual intenta hacernos creer que lo “correcto” e “incorrecto” son términos obsoletos. Nos rodea una cultura que ha querido transformar la verdad bíblica en una especie de plastilina moral, adaptada a las emociones e intereses de cada persona. Sin embargo, esa flexibilidad no es verdadera libertad; tarde o temprano deja a las almas sin dirección cuando los tiempos cambian o los conflictos nos alcanzan. Frente a esta confusión espiritual, la Biblia se levanta como un faro para recordarnos que el estándar de Dios permanece firme, tan real como la gravedad y tan constante como las leyes del universo. La justicia de Dios no es un concepto religioso más, sino el diseño absoluto sobre el cual se fundamenta la vida.
El estándar de justicia de Dios jamás se ha limitado al cumplimiento de normas externas o ritos religiosos. En su sentido más profundo, la justicia es una alineación total del ser; no abarca solo lo que hacemos, sino la esencia misma de quiénes somos. Mientras la justicia humana se conforma con que no rompamos la ley, la justicia divina busca integridad en lo más íntimo. Es un llamado a vivir rectos ante el Legislador supremo, no por el peso de la obligación legalista, sino por el diseño original de la creación.
Sin embargo, cuando intentamos alcanzar esta estatura perfecta mediante el esfuerzo propio, inevitablemente nos damos cuanta de nuestra insuficiencia. Isaías lo dijo con toda claridad: “todas nuestras justicias como trapo de inmundicia”. Esto no significa que las buenas obras carezcan de valor humano, sino que ninguna moralidad puede cerrar la brecha entre nuestra naturaleza caída y la santidad de Dios. Reconocer esta realidad no es pesimismo; es el primer paso hacia la verdadera libertad.
La historia de Abram ilumina este camino. Mucho antes de que existiera la ley, él simplemente creyó. “Creyó a Jehová, y le fue contado por justicia”. La justicia nunca fue un trofeo para los moralmente impecables, sino un regalo para quienes confían en la palabra de Dios. Jesús reafirmó esta verdad siglos después, mostrando que la redención no es un plan improvisado, sino la respuesta eterna a nuestra incapacidad de fabricar justicia por nosotros mismos.
Por eso, la justicia no se obtiene como un diploma en una escuela espiritual. No es mérito, es gracia. Dios nos otorga la alineación que no podemos producir, acreditando la rectitud de Cristo a nuestra cuenta.
Ahora bien, esta gracia no es una licencia para vivir sin disciplina. El amor incondicional transforma la obediencia; ya no es un intento de ganar aceptación, sino una respuesta de gratitud. La rectitud se vuelve la expresión natural de quien sabe que es profundamente amado.
Al final, la pregunta es inevitable: ¿estamos construyendo una justicia propia basada en estándares cambiantes, o nos atreveremos a confiar en el estándar eterno que ofrece exigencia y libertad al mismo tiempo?

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 5 de Julio 2026.

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