LA SOBERANÍA INELUDIBLE
La imagen de un Dios esperando pacientemente afuera, casi pidiendo permiso para entrar en la vida que Él mismo creó, puede sonar reconfortante para nuestro ego moderno; pero es profundamente ajena al testimonio bíblico. Cuando Dios llamó a Mateo, no hubo negociación; Mateo se levantó y le siguió. Cuando ordenó a Moisés liberar al pueblo, Moisés fue. Cuando entregó a Noé el plano del arca, Noé la construyó. En la Escritura, la norma no es el consenso, sino la autoridad. Sin embargo, en el rincón más oscuro de nuestra autonomía, solemos creer que nuestro “no” tiene la capacidad de detener el reloj divino. La historia de Jonás existe, entre otras razones, para destruir esa ilusión.
A lo largo del relato, todo lo que no es humano obedece a Dios con precisión perfecta. La tormenta responde a Su voz. Los marineros paganos terminan temiendo a Dios. El gran pez cumple su misión sin retraso. La calabacera brota cuando debe y el gusano actúa en el momento exacto. Incluso los ninivitas, símbolo de corrupción y violencia, escuchan y se arrepienten. En este cosmos alineado con la voluntad de Dios, el único elemento disonante es el hombre que se supone que mejor conoce a Dios. Jonás es el único que no obedece. Nos resulta difícil alinearnos con el orden natural porque hemos confundido el libre albedrío con la soberanía personal. Mientras la creación simplemente es y responde a su propósito, nosotros nos desgastamos intentando ser la excepción a la regla de la soberanía divina.
Creemos que nuestra resistencia altera el destino, que si decimos “no”, frustramos el plan de Dios. Pero la realidad es más contundente: Dios hará lo que ha decidido hacer, y si ha determinado usarte, te va a usar. Tu negativa no cancela Su “sí”; solo afecta la calidad del trayecto. Intentar evadir Su voluntad es, en la práctica, toparse de frente contra la pared de Su soberanía. Podemos ir a Nínive por el camino de la obediencia o podemos llegar allí a través del vientre de un pez. El destino es el mismo, porque Dios es soberano. Lo único que definimos al resistirnos es cuánta angustia añadimos al recorrido. En una cultura que idolatra la autonomía absoluta, aceptar que nuestra resistencia es inútil resulta escandaloso, pero es la verdad que libera del agotamiento de pelear contra lo inevitable.
Resulta fascinante que Dios no despidiera a Jonás. Podía haber enviado a otro profeta más dispuesto, pero eligió usar a un hombre terco y defectuoso. No por falta de opciones, sino para que quede claro quién sostiene la obra. Si Nínive se salva mediante un mensajero tan reacio, la gloria no es del profeta, sino del Dios que lo envía.
Dios utiliza nuestra fragilidad para que la gloria sea exclusivamente suya. Nuestra debilidad no es un error de cálculo en Su estrategia. Él nos usa viendo exactamente lo frágiles y limitados que somos, precisamente para demostrar que Su soberanía trasciende incluso nuestra mediocridad.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 2 de agosto 2026.
