LA PALABRA QUE DIOS PRESERVÓ
Imagine por un momento que está bajo el sol inclemente del desierto de Judea. Tras retirar capas de polvo milenario, sus dedos rozan algo extraordinario: un fragmento de papiro del siglo I. Se trata de una carta escrita de puño y letra por el apóstol Pablo. Si esto ocurriera, sería el hallazgo del milenio, la confirmación absoluta de cada palabra pronunciada por Jesús. Pero ese sueño es, hoy por hoy, imposible. No poseemos ni un solo documento original. Y entonces surge la pregunta, ¿cómo confiar en un mensaje cuyo papel original ha desaparecido? ¿Se ha diluido la verdad entre siglos de copistas y traducciones?
La respuesta no está en una excavación, sino en la realidad espiritual y técnica de que ya tenemos esa Biblia. La doctrina de la preservación nos enseña que Dios no solo inspiró Su Palabra, sino que la ha custodiado con un cuidado singular para que lo que hoy leemos sea el eco fiel de Su voz.
En los círculos teológicos se suele hablar de inerrancia y claridad, pero hay algo que sostiene todo, es la preservación. Sin ella, las demás doctrinas serían piezas de museo. ¿De qué serviría un texto original perfecto si hubiera sido corrompido con el tiempo? Si no tuviéramos la certeza de la preservación, los creyentes viviríamos bajo la sombra de la antigua sospecha del Edén: “¿Realmente dijo Dios…?”. Si no estuviéramos seguros de que las palabras que hoy leemos y estudiamos son las mismas que transformaron el mundo antiguo, seríamos huérfanos espirituales.
Resulta fascinante que, bajo la providencia de Dios, no se haya conservado ni un solo trozo de pergamino original de los autores bíblicos. Pero lo que parece una pérdida es, en realidad, una protección. Conocemos la naturaleza humana; si tuviéramos el pergamino que tocó Pablo, lo convertiríamos en un objeto de culto. Adoraríamos la reliquia y olvidaríamos el mensaje. Al permitir que los originales desaparecieran, Dios nos obligó a mirar más allá de la tinta, enfocándonos en la verdad que hay en las palabras y no en el objeto que las contiene.
¿Cómo estar seguros de la pureza del texto sin un patrón original? La Biblia no llegó por un solo canal, sino por miles de copias dispersas por el mundo antiguo. Aunque los escribas eran humanos y cometían errores, la seguridad reside en los números. Es prácticamente imposible que dos copistas, en lugares distintos, cometieran el mismo error en el mismo pasaje. Al comparar esta inmensa masa de testimonios, la Iglesia pudo identificar y filtrar los fallos humanos, dejando al descubierto el texto original.
Incluso ocurre algo paradójico, los manuscritos más antiguos no siempre son los más fieles. Muchos sobrevivieron precisamente porque eran defectuosos y quedaron guardados sin uso, mientras que las copias precisas se desgastaron por la lectura constante.
La preservación no es una teoría humana; es una promesa de Dios. Jesús afirmó que ni una jota ni una tilde pasarían. Isaías proclamó que la Palabra permanece para siempre. Dios no cambia, y Su Palabra tampoco. Por eso, cuando leemos la Biblia, podemos decir con confianza: “Esta es la Palabra de Dios.” Esta certeza sostiene la fe, la obediencia y la esperanza.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 23 de agosto 2026.
