EL ARTE PERDIDO DE ESCUCHAR

Vivimos en la era donde la atención se ha convertido en la moneda más codiciada. Habitamos una aceleración implacable de notificaciones constantes, estímulos que compiten por nuestro foco y un ruido digital que rara vez nos permite permanecer en silencio. En medio de este vértigo, es fácil sentir que navegamos sin rumbo, buscando alivio en soluciones temporales que caducan antes de que podamos asimilarlas.
Sin embargo, frente todo esto, se levanta una verdad grandiosa: Dios vive, Él habla, y ha dejado un mensaje preciso, preservado con una fidelidad asombrosa en las páginas de la Escritura. No se trata de estudiar arqueología literaria, sino de redescubrir la Biblia como una guía viva, incisiva y profundamente actual para el siglo XXI.
Aun entre intelectuales, es común tratar la Biblia como una reliquia histórica, un objeto de museo perteneciente a un mundo que ya no existe. Pero reducir el texto sagrado al pasado es desconocer su naturaleza. Lo que Dios exhaló hace siglos posee una vigencia eterna que atraviesa la niebla de nuestra era. La Biblia no es una antigüedad; es una lámpara encendida en un mundo saturado de “expertos” y algoritmos que prometen respuestas instantáneas. Puede parecer contraintuitivo buscar dirección en un texto de la Edad de Bronce o del periodo romano, pero la pregunta clave es otra: ¿ha cambiado realmente la condición humana? La tecnología se transforma; el corazón humano no. Las Escrituras ofrecen sabiduría confiable incluso a los sencillos y revelan una verdad que nuestra cultura suele reservar para las élites. Dios sigue hablando por medio de lo que ya ha dicho; su Palabra no es un archivo estático, sino un consejero experto en medio del caos.
Tener una Biblia en la mesa de noche o en una aplicación del teléfono no garantiza acceso a su poder. La barrera más peligrosa es cerrar el oído. El Salmo 97 advierte: “Si hoy escuchan su voz, no endurezcan sus corazones”. No es una metáfora poética, sino una alerta espiritual. Ante la voz de Dios solo hay dos posturas: recibir o rechazar. Jesús lo ilustró en la Parábola del Sembrador: el estado del suelo —la disposición interna— determina el destino de la semilla. La transformación no falla por falta de potencia en la Palabra, sino por la anestesia de nuestro oído, saturado por la urgencia de lo irrelevante. Hemos perdido la capacidad de sintonizar la frecuencia de lo eterno.
Jesús fue sorprendentemente práctico al hablar de la escucha. No dividió a las personas entre “los que saben” y “los que no saben”, sino entre quienes construyen sobre roca y quienes levantan sobre arena. La diferencia no está en la cantidad de información recibida, sino en la obediencia. Necesitamos recuperar la solemnidad que Jesús imprimió a sus palabras: seremos juzgados por lo que Él ha hablado.
Esto añade una gravedad necesaria a nuestra lectura diaria. No consumimos “contenido”; estamos estableciendo los cimientos de nuestra vida. La verdadera resiliencia ante las tormentas, no se encuentra en el conocimiento intelectual, sino en la integración orgánica de la Palabra en nuestras acciones. La teoría sin práctica es un refugio de papel frente a un huracán inminente.
Escuchar a Dios es, en esencia, un acto de protesta. En una cultura que exige velocidad, dedicar tiempo a las Escrituras es un sabotaje santo contra la tiranía de lo urgente. Si creemos que Dios ha registrado sus palabras para nosotros, regatearle unos minutos al día es una contradicción. Meditar no es vaciar la mente, sino dedicar tiempo de calidad a asimilar el texto sagrado. Es resistir la lectura superficial que domina nuestra vida. Cristo dijo: “Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras;” (Lucas 9:44). Para que penetren, hacen falta silencio, permanencia y renuncia a la prisa. La iglesia no carece de información, sino de profundidad.
El beneficio que extraemos de la Escritura es proporcional a nuestra disposición a permitir que el mensaje atraviese la superficie de la mente y llegue al corazón. Un contacto superficial puede darnos datos; solo un contacto profundo puede darnos vida. Dios no ha dejado de hablar; somos nosotros quienes hemos olvidado cómo detenernos para escuchar.
Y al final del día, después de navegar cientos de titulares y miles de imágenes, la pregunta permanece con una claridad que incomoda: En el balance de tu vida digital, ¿la voz del Creador ocupa un lugar central en la mesa, o solo recibe las migajas de tu atención agotada?

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 9 de agosto 2026.

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