LA FE QUE DESCANSA SOBRE UNA ROCA
Muchas personas buscan seguridad espiritual en aquello que sienten. Si hoy experimentan gozo, creen que Dios está cerca. Si mañana atraviesan una temporada de decaimiento emocional, comienzan a cuestionar su fe, su comunión con Dios e incluso su salvación. Otros buscan esa seguridad en su desempeño moral, midiendo constantemente si han sido lo suficientemente fieles, disciplinados o santos.
La primera carta de Juan fue escrita para creyentes que enfrentaban una crisis similar. Algunos falsos maestros promovían una espiritualidad basada en experiencias elevadas y conocimientos supuestamente superiores. La fe comenzaba a desplazarse de la realidad objetiva de Cristo hacia percepciones subjetivas y expresiones de misticismo desconectadas de la obediencia práctica.
Por eso resulta significativo que Juan no inicie su carta hablando de sentimientos o experiencias internas. Comienza hablando de algo que podía ser visto, oído y tocado. «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos» (1 Juan 1:1). La fe cristiana no nace de una idea, una emoción o una filosofía. Descansa sobre una persona real que entró en la historia humana, Jesucristo.
Juan dirige la mirada de la iglesia hacia un fundamento sólido. Le hace ver que la comunión con Dios no se sostiene por la intensidad de nuestras emociones ni por la perfección de nuestro comportamiento. La verdadera seguridad se encuentra en la obra histórica y suficiente de Cristo. Él vino, vivió, murió y resucitó para reconciliarnos con Dios.
Esto no significa que el pecado sea algo ligero. De hecho, Juan afirma con claridad que los creyentes continúan luchando contra él. Sin embargo, también declara una verdad gloriosa: «si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1). Nuestra esperanza descansa en que tenemos un Salvador perfecto que intercede por nosotros.
Cuando observamos nuestra propia vida, siempre encontraremos razones para dudar. Algunos días nos sentiremos cerca de Dios; otros días nos sentiremos débiles y necesitados. Pero la base de nuestra salvación nunca fue nuestra estabilidad emocional ni nuestra capacidad para mantener un rendimiento espiritual impecable. La base siempre ha sido Cristo y su obra terminada en la cruz.
Nuestra confianza descansa en una verdad inmutable: hemos sido justificados por la fe. Y porque nuestra salvación fue obtenida por Cristo, podemos vivir en la luz, caminar en comunión con Dios y disfrutar del gozo de saber que nuestra esperanza está anclada en la roca firme de su obra perfecta.
Si el mundo ofrece una espiritualidad basada en sentimientos cambiantes o en esfuerzos humanos, 1 Juan nos volverá a mostrar la belleza de una fe anclada en Cristo, expresada en obediencia y evidenciada en amor.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 1 de Noviembre 2026.
