PABLO Y SU TRAVESÍA A ROMA – Hechos 27:1-20

Seguimos con el libro de los hechos. Pablo ha dado su testimonio y nunca se mostró intimidado ante quienes le acusaban.

Por el contrario, mostró valentía y sabiduría al hablar ante sus acusadores, al punto que la elocuencia de sus palabras casi llegó a convencerles de convertirse a Cristo.

Pablo nos ha enseñado, a través de su testimonio, que como fieles siervos del Señor debemos aprovechar toda oportunidad de predicar a Cristo y su Evangelio. Ahora seguiremos adelante con la meditación de este día: Número 55 – Pablo y su travesía a Roma, parte 1. Les pido que lean en casa Hechos 27:1-20.

Roma, la capital del imperio, la ciudad más grande y espléndida de la antigüedad. Roma precedía magistralmente en todo el mundo conocido. Logró integrar a romanos, griegos, judíos y bárbaros en su vida social y trataba a sus súbditos conquistados con tolerante benevolencia. Protegía la cultura y la lengua griega, así como el respeto al imperio y a la ley romana.

Contaba con un eficiente sistema de caminos, de ahí la frase «todos los caminos llevan a Roma», y también puertos, patrullados por sus legiones y submarina respectivamente. Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Pablo, en su carta a los romanos, había descrito su decadencia moral; de ahí la urgencia por presentar el Evangelio en Roma.

Así, Pablo inicia su travesía a Roma sin saber lo que le esperaba. Por la lectura de Hechos 27:1, notamos que Pablo no era el único preso que navegaría a Roma. Él y otros presos serían custodiados por un centurión llamado Julio.

Vale la pena mencionar que los otros presos, por la palabra griega que se usa, estos otros no iban a ser juzgados, sino que iban a Roma para morir. Así, estos hombres tendrían la oportunidad de escuchar a Pablo y su mensaje de salvación antes de morir. Ya mencionamos que Pablo no era el único preso que viajaba a Roma.

Por su parte, Pablo no iba solo. En esta travesía le acompañaban Lucas y Aristarco de Tesalónica, Hechos 27:1 y 2. Así, todos ellos iniciaron su viaje. El primer lugar donde pararon fue Sidón, donde se le permitió a Pablo ver a algunos amigos, seguramente cristianos.

Después zarparon y navegaron a Sotavento, pasando por Cilicia y Panfilia, arribando en Mira, desembarcando para embarcarse después en una nave alejandrina que navegaría a Italia. Y tras muchas dificultades y duras penas, pues el viento estaba en su contra, llegaron a un lugar llamado Buenos Puertos. Un viaje por demás difícil y presagio de peligro.

Pablo, dada su experiencia durante sus viajes misioneros en el mar Mediterráneo y viendo lo peligroso de la navegación, advirtió al centurión de la pérdida de la carga del barco y de vidas. Pero tanto el capitán como el dueño de la nave no pensaban así. Por tanto, se acordó zarpar de allí a un lugar más seguro, navegando a Fenice e invernando ahí.

Sin duda, todo esto era un preludio a todos los peligros que vendrían. Y creyendo que el viento le sería favorable, zarparon, pero poco después se encontraron con un viento huracanado llamado Euroclidón, término híbrido que quiere decir viento del este y viento del norte, y al no poder hacerle frente, quedaron a la deriva. Así, dados los fuertes vientos y conforme la tormenta empeoraba, la tripulación hizo todo lo que podía hacer para mantenerse a flote.

Ataron sogas alrededor del casco, evitando que el barco se partiera, y arriaron las velas. El segundo día empezaron a arrojar por la borda algo de trigo, y el tercer día arrojaron los aparejos, probablemente un ancla flotante que actuara como freno, debido a la tormenta. Luego, después de muchos días de no poder ver el sol ni las estrellas, once días siendo preciso, dice ahí después en el verso 20, perdieron toda esperanza por salvarse, y todo por no escuchar al mensajero de Dios. Qué importante es escuchar a aquellos que hablan con conocimiento de causa. Por el momento, hasta aquí la meditación del día de hoy.

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