EL CAMINO DE LA IGLESIA FIEL

La Biblia habla con una seriedad sorprendente sobre el peligro de los falsos maestros y sobre la responsabilidad que tenemos como iglesia de no dejarnos arrastrar por enseñanzas que generan división o se apartan de la sana doctrina. No es un tema secundario, cuando una congregación tolera enseñanzas distorsionadas, inevitablemente se siembra discordia y se pervierte la verdad.
Pablo lo expresa en Romanos 16:17-18 cuando dice «Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal. «
Esta sección de la carta es directa, casi abrupta, especialmente si la comparamos con el tono conciliador de los capítulos anteriores. Pablo no suaviza el mensaje porque sabe que la salud espiritual de la iglesia está en juego.
Hay personas -y esto no es nuevo- que disfrutan sembrando discordia. Pablo advierte sobre quienes provocan problemas dentro de la comunidad de fe, porque es muy fácil involucrarse sin darse cuenta. Todos conocemos el dicho: “una manzana podrida echa a perder todo el cesto”. Si permitimos que alguien enseñe ideas contrarias a la doctrina recibida, otros terminarán adoptándolas y, sin darnos cuenta, habrán echado raíces en la iglesia.
Como seres humanos tendemos a seguir lo que escuchamos repetidamente. Una mentira repetida puede empezar a sonar como verdad.
Por eso Pablo es tan claro al decir que si hay personas que causan divisiones, evítalas. No siempre podrás impedir que aparezcan ni controlar sus intenciones, pero sí puedes decidir no darles espacio en tu corazón ni en tu oído.
Muchos no sirven a Cristo, sino a sí mismos. Buscan satisfacer sus propios deseos mediante discursos persuasivos, palabras suaves y elogios que halagan el ego. Detrás de esa apariencia amable hay engaño. Esas voces pueden hacerte tropezar, desgastar tu fe y robar tu paz. Por eso debemos estar alertas y evitar esas influencias tanto como sea posible.
Pablo describe a estas personas como expertos en “suaves palabras y lisonjas”. Te harán sentir importante, como si te entendieran, pero su intención no es edificante. El apóstol nos llama a ser inteligentes, sabios y vigilantes. El mal no es una idea abstracta, busca destruir tu testimonio, tus relaciones, tu familia y tu gozo.
Pero en medio de esta advertencia, Pablo también nos da esperanza y dirección. Señala tres medidas de protección para una iglesia que quiere permanecer fiel:
“Fijaos en los que causan divisiones.” No se trata de sospechar de todos, sino de no ser ingenuos. Los cristianos deben reconocer cuando alguien se desvía del camino correcto.
“Apartaos de ellos.” No alimentes conversaciones dañinas ni sigas voces que confunden.
“Sed sabios para el bien e ingenuos para el mal.” Como dijo Jesús en Mateo 10:16: “prudentes como serpientes y sencillos como palomas”.
La iglesia no se protege con sospecha, sino con discernimiento. No se fortalece con miedo, sino con fidelidad. Y no se mantiene unida por casualidad, sino por una vigilancia amorosa que cuida la verdad del evangelio.

IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 26 de abril 2026.

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