CAMINAR POR FE – JEREMÍAS 17:7-8
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LA PRESENCIA SOBERANA DE DIOS MÁS ALLÁ DE LA CERTEZA DE UN MAPA
Meditación bíblica sobre JEREMÍAS 17:7-8 por Saulo Murguía A.
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
PRESENCIA SOBERANA DE DIOS MAS ALLÁ DE LA CERTEZA DE UN MAPA
Como buscadores de fe, a menudo cometemos el error de confundir la brújula con el destino. En nuestra cultura moderna, ya nos hemos acostumbrado a buscar el control absoluto, quisiéramos un «Google Maps» espiritual que nos indique la mejor ruta hacia la felicidad, con radares incluidos para evitar baches y atascos vitales.
Pero, de hecho, vivir con Dios es más parecido a una caminata por el monte, no funciona con un mapa de ubicación, solo la voz de quien te guía paso a paso y te dice, «confía».
La gran tensión de los que creemos reside justo ahí, en esa distancia incómoda entre confiar en nuestra «propia prudencia» (ese impulso de confiar en la lógica, el cálculo y la previsión humana) del acto de confiar plenamente en Jehová.
Lo esencial es comprender que Dios no nos da un destino final para que nos las arreglemos solos y nos perdamos por el camino; más bien, convierte cada etapa en una especie de taller de confianza, donde a veces la única herramienta es la paciencia. La incertidumbre no es un estorbo para Su plan, sino el campo de entrenamiento donde la fe se desarrolla.
Veamos lo que dice Proverbios 3:5-6
«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.»
Abraham tuvo que aprender a caminar con esa soledad peculiar de quien va acompañado solo por la promesa. Hebreos 11:8 nos recuerda que su obediencia no fue fruto de análisis de riesgo en un Excel lleno de pros y contras, sino de una respuesta espontánea a una Voz que no necesita un micrófono, la voz de Dios.
Está escrito así:
“Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.”
Lo realmente retador de Abraham es que “salió sin saber a dónde iba”. Si eso hubiera ocurrido en la actualidad le habrían preguntado si tenía cobertura, y él habría respondido: «No, pero tengo fe ilimitada».
La clave de su obediencia no era conocer las coordenadas, sino confiar más en la fidelidad de Quien lo llamaba.
Caminaba hacia una herencia invisible, convencido de que las coordenadas que importan no están en Google, sino en el corazón de Dios.
¿Y nosotros, qué lección sacamos de esto en pleno siglo XXI?
Nuestra dirección vital no depende de cuántos datos tengamos sobre el porvenir, sino de cuán atentos estamos a la Voz de Dios.
Abraham abrió camino entre la niebla, demostrando que la guía de Dios no se apaga aunque el horizonte se vuelva tan borroso como una ventanilla empañada en invierno.
Para el pueblo de Israel, el desierto fue una escuela en la que aprendieron a depender de Dios. No tenían un itinerario detallado, ni un mapa; sino señales vivas que eran una nube de día y una columna de fuego de noche. ¡Había que tener fe para no perderse!
Dios solo les mostraba el siguiente paso, un paso a la vez. No buscaba darles la comodidad de una ruta planificada, sino cultivar en ellos una dependencia real y fortalecer su fe.
Si la nube avanzaba, ellos avanzaban; si la nube se detenía, ellos descansaban. Su seguridad no dependía de saberse el desierto de memoria, sino de la compañía, más fiable que cualquier mapa, presencia de Dios. Su seguridad no estaba en conocer el desierto, sino en la presencia de Dios que los envolvía.
Lo que fue una nube para Israel, hoy se convierte en esa paz interior que nos sostiene cuando la tormenta amenaza con volcar nuestra barca. A veces, lo externo da paso a lo interno y ahí es donde se gana la batalla.
En Marcos 4:37-41 tenemos la escena perfecta, el pánico humano versus el descanso divino.
Jesús dormía en la popa y los discípulos, en plena tormenta, ya se veían en el telediario como noticia trágica. Le despertaron, como quien tira de la manta al hermano, y, tras calmar el mar, les dejó una pregunta que sorprende “¿Cómo no tenéis fe?”
Leo el pasaje:
“Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?”
Los discípulos estaban espantados, no solo por la tempestad, sino porque miraban las olas en lugar de mirar a Jesús, que dormía plácidamente en la popa.
Jesús calmó el mar y nos enseñó que el milagro es secundario; lo esencial es saber quién es el que va en la barca contigo. Si el Capitán es fiable, el mar puede rugir lo que quiera.
Como cuando Jesús caminaba sobre las aguas, Su voz nos sigue diciendo:
“Confía. Yo soy. No temas.”
La fe produce tranquilidad interior no porque el mar se calme de inmediato, sino porque reconocemos que Cristo es el Señor de la tormenta.
Patriarca, nación, discípulos… todos acaban coincidiendo en la misma verdad. Lo que Jeremías describe como una bendición que no caduca, ni siquiera en tiempos de sequía emocional.
Jeremías 17:7-8 define al hombre que confía en Dios como «Bendito”.
Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.
En el sentido bíblico original, esto significa ser bendecido con abundancia, ser bienaventurado, dichoso y profundamente feliz. Esta confianza no es solo un concepto mental; produce descanso en el alma, regocijo en el espíritu, paz en la mente y salud en el cuerpo. Es decir, tiene un impacto en toda la vida en su conjunto.
Confiar es estar “árbol plantado junto a las aguas”. En tiempos de «calor» o «sequía», como los desafíos de una pandemia, crisis económicas o enfermedades, el árbol que está profundamente arraigado en Dios no se fatiga ni deja de dar fruto. Su hoja permanece verde porque su fuente de vida no depende del clima externo (las circunstancias), sino del río de agua viva de Dios.
La pregunta, entonces, que debemos hacernos no es cuánto entendemos de nuestra situación actual, sino en quién estamos depositando nuestra seguridad.
La verdadera madurez espiritual consiste en pasar de depender del mapa a la dependencia de la Persona. Cuando caminamos por fe, dependemos de Cristo.
Nuestra paz no proviene de la ausencia de problemas, sino de la certeza de que nuestro Padre está a cargo y Él sabrá sacarnos adelante.
Hoy, frente a la incertidumbre, vale la pena detenernos y reflexionar:
¿Mi seguridad está en entender el camino… o en confiar en la presencia de Cristo que guía mis pasos?
No necesitas el mapa completo de tu vida para estar a salvo; solo necesitas profundizar tus raíces en Aquel que es la fortaleza eterna.
«Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos.» (Isaías 26:4)
