DE ESPECTADORES A SERVIDORES
Cuando un creyente no llena su tiempo sirviendo a Dios, inevitablemente lo llena observando, evaluando y juzgando el trabajo de los demás. Proverbios describe eso con precisión: “El perezoso es más sabio ante sus propios ojos que siete hombres que saben responder con prudencia” (26:16). El espectador pasivo siempre “sabe” cómo deberían hacerse las cosas, aunque nunca se ofrece para hacerlas.
En la iglesia, que es cuerpo de Cristo, cuando un miembro no trabaja pero ataca al que sí trabaja, no solo hiere al hermano, hiere al cuerpo entero. Pablo lo confronta en 2 Tesalonicenses 3:11-12: algunos no trabajaban en nada, pero se entrometían en lo ajeno. Su solución es directa: que trabajen sosegadamente. La indisciplina en la iglesia no comienza con grandes pecados, sino con pequeñas omisiones como no servir, no involucrarse, no cargar ninguna responsabilidad… pero sí opinar sobre todas.
El “trabajo del Señor” nunca ha sido un concepto romántico; es una labor que agota, que exige abundar, que demanda sacrificio. Quien está verdaderamente ocupado en evangelizar, discipular, enseñar, servir o edificar, no tiene tiempo para vigilar el fruto ajeno. Su única pregunta al final del día es: “¿Hice lo mejor que pude delante de Dios?”
Pablo también advierte contra la “actividad sin productividad”, es decir, hacer muchas cosas, pero sin sujetarse al orden y al propósito del servicio que Dios demanda. Esa actitud inflada, semejante a la de algunos corintios, termina intimidando a quienes sí trabajan y sembrando fricción dentro del cuerpo. Por eso Pablo insiste en que no hostiguemos a los que sirven; somos compañeros de equipo, no competidores.
Dios no nos evalúa por lo que opinamos del trabajo de otros, sino por la fidelidad con la que atendemos nuestro propio encargo. Quien está redimiendo el tiempo y cumpliendo su ministerio no tiene espacio para la crítica ociosa. Sabe que cada uno rendirá cuentas al “inspector divino” por su propia obra.
La verdadera madurez espiritual no se mide por la capacidad de opinar, sino por la disposición de trabajar coordinadamente.
Cuando todos trabajan, la crítica pierde volumen. Cuando todos se coordinan, el cuerpo avanza. Cuando cada uno asume su parte, Cristo es honrado.
Evalúa tu corazón: ¿Estoy siendo parte del movimiento del cuerpo o solo un observador del esfuerzo ajeno?
Es tiempo de dar un paso concreto. Elige un área de servicio y comprométete a trabajar en coordinación con otros. La crítica se desvanece cuando las manos se ocupan y el corazón se alinea con la misión.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 26 de Julio 2026.
