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LA HUMILDAD EN EL CREYENTE – SANTIAGO 4:6

Meditación bíblica sobre SANTIAGO 4:6 por Alfonso Abascal
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México

La semana pasada hablamos del orgullo. Hablamos del orgullo como un pecado en donde el hombre orgulloso mira a los demás por encima, sintiendo que él solo puede resolverlo todo y que lo sabe todo. En su vida no hay lugar para Dios.

También hablamos de aquellos que se sienten orgullosos y satisfechos de sus logros, pero reconocen que estos logros son gracias a los dones que Dios les ha dado, teniendo un corazón que agradece y reconoce a Dios. Hoy hablaremos de lo contrario al orgullo, la humildad.

Santiago 4:6 dice:

“Pero él da mayor gracia; por esto dice: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.”

La humildad, sin duda, es una virtud que nos lleva a pensar menos en nosotros mismos y más en los demás, y de ningún modo la humildad es despreciarnos o sentirnos inferiores. La humildad es reconocer quiénes somos con nuestras fortalezas y debilidades. Así, una persona que actúa con humildad siempre sabrá reconocer sus limitaciones y está dispuesta a aprender, como también a reconocer que puede equivocarse.

Asimismo, no necesita demostrar nada a nadie, pues conoce sus capacidades, como también reconoce las de los demás. Cuando reconocemos nuestras capacidades y nos vemos como realmente somos, no es posible ser orgulloso.

Aquel que se ve y se presenta tal cual es realmente, sin máscaras, sin aparentar lo que no es, esta es una persona humilde, siendo auténtica, sin pretensiones ni arrogancia.

Hoy día la humildad no es algo que se practique; por el contrario, el mundo reconoce y alaba a los que sobresalen y ocupan los mejores lugares. Para muchos, la humildad es símbolo de vulnerabilidad, y puede haber algo de esto, pero la realidad es que la humildad es fuerza de carácter y dominio propio.

En un sentido bíblico, la humildad es despreocuparse por algún rango, privilegio o reconocimiento; es vivir una vida de servicio a los demás y, asimismo, es obediencia. Jesús es el más grande ejemplo de humildad, pues no estimó el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres, y hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Filipenses 2 del 6 al 8. Jesús se entregó libremente para que la voluntad de Dios pudiera cumplirse, y Dios fuera glorificado a través de su sacrificio.

Termino con lo que dice Santiago 4:6,10.

Por esto, Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.”

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