GUARDADOS EN LA VERDAD, ENVIADOS AL MUNDO
Poco antes de enfrentarse a la cruz, en la intimidad de lo que conocemos como la Oración Sacerdotal (Juan 17:11-19), Jesús intercedió solemnemente por sus discípulos y por la Iglesia de todos los tiempos. Con pleno conocimiento de que su partida dejaría a los suyos expuestos a la hostilidad, la oposición espiritual y el odio de una sociedad caída, el Señor no pidió al Padre que los retirara del contexto en el que habían sido puestos. Al contrario, oró para que fueran preservados, unidos y santificados dentro de él. Este pasaje coloca a la iglesia frente a una verdad fundamental sobre su identidad y vocación: pertenecemos a Dios, pero hemos sido enviados al mundo.
Vivimos en una tensión constante. Por un lado, ya no nos definimos por los valores ni por la cosmovisión de la cultura que nos rodea; por otro, no se nos permite la opción del aislamiento ni del conformismo. El mandato de Cristo nos desafía a evitar dos extremos igualmente peligrosos: la asimilación, que ocurre cuando dejamos que el mundo nos moldee, y el repliegue, que sucede cuando nos escondemos en comunidades cerradas por temor al entorno.
Frente a esta realidad, ¿cómo nos llama el Señor a madurar en la fe y responder a este desafío?
Cuando Jesús clama: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre”, no expresa un deseo incierto, sino una petición eficaz. Nuestra seguridad en medio de las pruebas no descansa en nuestras propias fuerzas ni en la firmeza de nuestro compromiso, sino en la fidelidad del Padre que nos sostiene.
La petición de Jesús es tajante, “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. La santificación, ese proceso continuo mediante el cual el Espíritu Santo nos aparta y nos conforma a la imagen de Cristo, no ocurre a través de experiencias místicas ni mediante el mero esfuerzo moralista. Ocurre mediante la Palabra de Dios. En la tradición reformada, reconocemos que las Escrituras son el medio ordinario por el cual Dios purifica la mente, transforma el corazón y fortalece la fe de su pueblo. Ser remisos en el estudio de la Biblia es exponernos a ser moldeados por el pensamiento secular.
Dios no nos santifica para nuestro consumo privado o para el deleite personal. Somos fortalecidos para ser enviados. La iglesia existe para ser luz en medio de las tinieblas y proclamar con fidelidad el evangelio de la gracia en cada esfera de la sociedad.
Como congregación, seamos desafiados a examinar dónde está puesta nuestra confianza y qué voz está dando forma a nuestra vida diaria. Que el Señor nos conceda la gracia de descansar en su protección, deleitarnos en la verdad de su Palabra y dar un testimonio firme, maduro y valiente en el lugar donde nos ha colocado.
IGLESIA NACIONAL PRESBITERIANA BERITH, BOLETÍN BUEN ÓLEO, Domingo 16 de agosto 2026.
