UNA HISTORIA INCONTENIBLE – HECHOS 4:20
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Meditación bíblica sobre HECHOS 4:20 por Saulo Murguía A.
Iglesia Nacional Presbiteriana Berith
Cd. de México
El libro de los Hechos nos relata historias sorprendentes.
Pedro y Juan comparecen ante los gobernantes judíos. ¿Qué habían hecho? Habían predicado un nuevo mensaje sobre Jesús de Nazaret. En su nombre, habían demostrado un poder asombroso al sanar a un hombre cojo en el Templo, y los gobernantes estaban indignados de que aquel hombre sencillo, sin autoridad oficial, se atreviera a enseñar y actuar en el mismo Templo. Les ordenaron que no predicaran más; pero respondieron: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”. Hechos 4:20
También vemos la narración sobre un hombre llamado Esteban, que comparece ante los líderes judíos en Jerusalén. Él también había predicado este mismo mensaje. Hubo quienes se le opusieron, pero “no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba” (Hechos 6:10). Así que lo apresaron y lo llevaron ante los líderes. Al negarse a retractarse o a renunciar a su fe, la multitud lo arrastró fuera de la ciudad y lo apedreó. Mientras moría, oró por ellos: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”. (Hechos 7:60)
Nos narra cuando Pablo hacía una colecta para los cristianos necesitados de Jerusalén; sus amigos le advertían que le esperaba la cárcel si seguía adelante con esa labor. Pablo ya sabía lo que significaba ser perseguido. Había sido encarcelado, azotado y golpeado con varas, apedreado y expulsado de muchas ciudades por multitudes hostiles o por gobernantes. Sabía bien que aquella advertencia estaba basada en una posibilidad real. Sin embargo, respondió de inmediato a sus preocupados amigos: “Estoy dispuesto no solo a ser encarcelado, sino incluso a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”. Hechos 21:13
Pocos días después, en Jerusalén, mientras Pablo se encontraba en el Templo con unos amigos cristianos, un falso acusador incitó a una multitud contra él. Lo apresaron y lo golpearon; lo habrían matado de no haber sido rescatado por la guardia romana. Mientras los soldados lo llevaban hacia la escalinata que conducía a su cuartel, ¿qué pasaba por la mente de Pablo? ¿Ansiaba llegar al cuartel para ponerse a salvo? ¡No! Mientras se lo llevaban, suplicó al oficial: “Permítame hablar al pueblo” (Hechos 21:39). Solo tenía un deseo: quería otra oportunidad para contar su historia.
¿Cuál era esa historia que los hombres no podían dejar de contar, incluso a costa de su propia vida?
No se trataba de una simple terquedad, sino de la convicción de poseer una verdad tan transformadora que el miedo a la muerte pasaba a un segundo plano. ¿Qué clase de historia es tan poderosa como para que hombres ordinarios elijan el azote y la prisión antes que la seguridad del silencio?
Antes de que existieran los escritos que hoy llamamos Nuevo Testamento, ya latía una fuerza vital que transformaba comunidades enteras. Lo que hoy leemos como texto fue, primero, una noticia tan urgente que ninguna autoridad ni amenaza pudo contener.
¿Qué era, entonces, lo que predicaban estos hombres audaces y perseverantes? No dejaban de anunciar a sus oyentes lo que Dios había hecho a través de una sola persona. Hacían mucho más que ofrecer normas de conducta o consejos para quienes atravesaban dificultades; lo que hacían era contar la historia de Jesús de Nazaret.
Para los estándares del siglo I, Jesús de Nazaret era una figura destinada al olvido. Provenía de una familia sin pretensiones en la despreciada región de Galilea y formaba parte de un pueblo sujeto al Imperio Romano. No fue un rey, ni un general, ni un erudito; era el hijo de un carpintero, con una educación ordinaria, que trabajaba con sus manos. Al final de su carrera, su situación era, ante los ojos del mundo, la de un criminal: fue ejecutado mediante la crucifixión, un método degradante reservado para rebeldes y criminales. Para los líderes de su época, Jesús estaba completamente desacreditado. Sin embargo, sus seguidores afirmaban que en este hombre, aparentemente débil e insignificante, Dios mismo había entrado en la historia humana. “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Hechos 10:38
Tras la crucifixión, los discípulos estaban confundidos y aplastados; su esperanza de liberación parecía haber muerto en la cruz. Sin embargo, ocurrió un cambio que los transformó en predicadores audaces. La razón no fue una enseñanza abstracta, sino el encuentro con un Jesús resucitado. Para ellos, la resurrección no era una teoría, sino el hecho que validaba todo lo que Jesús había dicho. Ya no dependían de sus propias fuerzas, sino de la presencia de aquel a quien la muerte no pudo retener. Esta seguridad los llevó a desafiar a las autoridades con una frase que resonaría por siglos: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.
Si la historia hubiera concluido en el sepulcro, el Nuevo Testamento jamás habría pasado de ser un suspiro de derrota. La crucifixión dejó a los discípulos confundidos y aplastados; sus esperanzas se habían desvanecido. No obstante, la resurrección actuó como una clave hermenéutica que reconfiguró todo su pasado. Este evento no fue un simple consuelo emocional, sino el lente a través del cual comenzaron a leer las Escrituras de su pueblo (el Antiguo Testamento) con un interés completamente nuevo. Como ocurrió con los dos discípulos en el polvoriento camino a Emaús, sus ojos fueron abiertos para comprender que Jesús no venía a ignorar las antiguas promesas de Israel, sino a llevarlas a su victoria final. La resurrección transformó su miedo en una fe nueva y poderosa: ya no servían a un líder muerto del que solo guardaban recuerdos, sino a un Señor vivo que les otorgaba su propio Espíritu para hablar.
Los primeros predicadores hablaban de la «redención de Israel», pero el significado de estas palabras sufrió una transformación radical. El estándar de comparación para sus oyentes era el Éxodo: la liberación física de la esclavitud en Egipto y de los enemigos opresores. Pero los apóstoles anunciaron una redención mucho más profunda: una liberación del «pecado egoísta del corazón humano”. Este mensaje no ofrecía simples consejos de vida, sino la posibilidad de que la vida misma fuera hecha de nuevo. Presentaban a un Jesús que no solo enseñaba, sino que actuaba con un poder restaurador que golpeaba la raíz del sufrimiento humano.
El mensaje de los apóstoles no buscaba satisfacer la curiosidad intelectual, sino provocar una respuesta inmediata y existencial. Este mensaje era universal, dirigido tanto a judíos como a gentiles. Se basaba en tres pilares:
Arrepentirse
No era solo remordimiento, sino un cambio radical de actitud; dejar de ser esclavos de la voluntad propia para rendirse a la de Dios.
Creer
Confiar plenamente en la redención ofrecida, convirtiendo a Cristo en el centro de cada pensamiento y en el Señor de cada acto.
Seguir
Caminar en sus vías, encontrando gozo en una nueva comunidad de fe y, crucialmente, «tomar su cruz diariamente». Este seguimiento implicaba un estilo de vida de servicio sacrificado por los demás.
El Nuevo Testamento es, en última instancia, el registro escrito de una fuerza vital que ya estaba sacudiendo los cimientos del Imperio Romano. No es un libro que intentó inventar una fe para convencer a los incrédulos, sino el testimonio de una fe que ya había creado una nueva forma de humanidad. Ante el impacto de una figura que, partiendo de la insignificancia social y pasando por el escándalo de la cruz, logró que miles estuvieran dispuestos a morir por contar su historia.
Esta es la historia que contaban los seguidores de Jesús. Este es el mensaje que les infundió tal fervor y poder. Este es el evangelio sobre el cual Dios fundó la Iglesia. Fue precisamente al narrar esta historia vital, y al difundir la fe y la comunión cristianas, como llegó a escribirse el Nuevo Testamento.
En un mundo que busca el poder a través del estatus y la fuerza, ¿qué lugar queda para una historia que propone la entrega y el servicio como la única forma de verdadera grandeza?
